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Por Graciela Guerrero Garay

De las patas del mundo no se pueden tomar huellas y los derechos humanos están a la izquierda. Justamente a la izquierda. No es nada que supe ahora, pero quise decirlo después de un recorrido por mi ciudad y leer la noticia. Aquí el Gobierno acaba de crearles a los deambulantes un local donde pueden pernoctar, alimentarse y ser diagnosticados para luego, según la clasificación, darle un rumbo a sus vidas.

Parece increíble que el país que hace tales acciones esté bloqueado y pertenezca al Tercer Mundo y, como si fuera poco, su nombre circule en una lista negra encerrado con odio y acusado de ser terrorista. Así las cosas, diría un colega de la Televisión. Mi pueblo no es un paraíso y tiene 532 mil 645 habitantes y hasta ahora se han identificado solo 36 personas con ese tipo de conducta, quienes serán las primeras en recibir el beneficio.

No creo que la cifra, en toda la provincia, supere el centenar. Tampoco puedo apostarlo pues los Grupos de Atención de Salud Mental recién empiezan a proceder en el resto de las municipalidades. Sí tiene tinta firme que el Centro de Clasificación los atenderá por unas 72 horas, durante las cuales se les brindará aseo, comida, atención médica y una comisión evaluará su futuro ingreso en los Hogares de Ancianos, Hospital Psiquiátrico y lugares de residencia, según el caso y diagnóstico clínico.

¿Será esto propio de un país terrorista y violador de los derechos humanos? ¿Será? Algo anda torcido en el ojo del águila. El canal TeleSur difundió en estos días el testimonio de dos mujeres emigrantes, a quienes les colocaron grilletes en las piernas para poder controlar sus pasos por una ciudad que olvidé, pero no olvidé que era en los Estados Unidos, lugar por ciento donde otra noticia daba cuentas de dos hombres que cumplieron 30 años de condena y ahora, exactamente ahora, un juez demostró que eran inocentes.

Recordé a mis CINCO compatriotas y, en especial, a Gerardo, Antonio y Ramón aún encerrados en las cárceles de ese país y también son inocentes. No hay coherencia con la verdad; con la injusticia, mucho. A tal punto, que mi ciudad – desnuda de rascacielos y luces de neón en muchas partes – tiene un centro con enfermería, comedor, cocina y cubículos para atender a los deambulantes, pero mi ciudad, como mi país, sigue encerrada con odio en una lista negra.

Un artículo publicado en el diario digital NotiCel contaba que en Puerto Rico hay un dramático aumento de deambulantes, mientras varios sitios que tratan el tema apuntan que en los Estados Unidos igual crecen las cifras y, si fuera poco, “esas personas están siendo discriminadas por ser deambulantes y son víctimas de crímenes de odio”. ¿Y aquí nadie hace listas negras?

Quizás usted no entienda y, tal vez, nunca le haya mirado el ojo al águila. Puede que sea y, quién sabe, si tampoco leyó el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Después de recorrer mi ciudad supe definitivamente que  están justo a la izquierda.