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Texto y Fotos Graciela Guerrero Garay

Tal vez solo las cubanas saben y entienden qué significa y trasciende cuando ellas, en cualquier sitio de este planeta, afirman sin titubear que están muy orgullosas de ser federadas. Ciertas voces tergiversadoras –ingratas también- al cuestionarlo reniegan, más que de sí mismas, de su propia génesis y de la sangre que llevan en las venas.

Otros lo acuñan como una frase hecha bajo una presión de consciencia, que  tantas campañas mediáticas se empeñan en afirmar hay en Cuba para quitar mérito a la dignidad de la mujer y su indetenible avance social, dado exclusivamente por la Revolución y esa organización femenina cuyas siglas, FMC, forman parte legítima de esta emancipación y los derechos de igualdad obtenidos por ellas.

Las cubanas no sienten orgullo de ser federadas por hacer valer una consigna o repetir una frase. Lo viven desde adentro. Primero, porque un 23 de Agosto de 1960 tuvieron por vez primera un gremio propio donde hablar de necesidades, retos, sueños, desafíos, amenazas…  y después y hasta hoy por ser el puente que las unió y defendió de conceptos marginales, en una sociedad marcada por el machismo y viciada en que nacieron básicamente para parir y estar entre cuatro paredes, dominadas por el liderazgo varonil del padre, los hermanos o el marido.

Tener acceso pleno al trabajo, el estudio, la independencia económica, la maternidad remunerada, la custodia de los hijos en círculos infantiles y seminternados, cargos de dirección, protección legal ante eventualidades conyugales o dejadez del padre a los deberes con sus descendientes, son hechos elementales irrefutables y, guste o pese a cualquiera, están aquí como esencia de las políticas del Estado y de la Federación.

Estas verdades generan pertenencia, cariño, compromiso, sin dejar al margen la estela de sacrificios y la doble carga que llevan en sus hombros al asumir las responsabilidades sociales y domésticas, más cuando muchas son madres solteras y todavía, con todo, la isla no ha podido borrar definitivamente su  tendencia machista y se libre, a diario, una lucha casa adentro y calle arriba por la igualdad de géneros y los hombres –vale reconocerlo- dan pasos positivos en el compartimento de las labores hogareñas y el apoyo a su desarrollo profesional.

Por eso ni en los momentos más críticos de la economía la fecha pasa por alto. Campos y ciudades se llenan de perfume de mujer y alegría, en algún espacio común del barrio, la comunidad o el Consejo Popular. Las federadas arman su convite con sus propias manos, intercambian regalos, montan sus exposiciones. Preparan, como se dice acá, la mesa cubana con dulces caseros, comida criolla, caldosa, vinos y hasta lechón asado puede aparecer si se lo proponen.

Luego, cantan, bailan, entregan estímulos, recitan y las abuelas cuentan las memorias de aquellos primeros años inolvidables donde cortar caña, reforestar, alfabetizar, fortalecer la membrecía, convocar cursos, estudiar y adentrarse en el nuevo horizonte de la naciente Cuba era un sueño y una realidad tangible. El orgullo brota sano, auténtico, propio.

Tal vez nadie en otras latitudes lo entienda y saque a relucir que en pleno siglo XXI muchas cocinan con leña, no todas tienen lavadoras modernas ni celulares. Tampoco conducen en mayoría los últimos modelos de automóviles y andan en bicicleta sus trayectos cotidianos. Es verdad, pero llevan, con mucha honra, una sonrisa de seguridad tremenda en los labios y en los ojos. Tienen la elegancia de las palmas y con quejas y todo lo humano y lo divino, son lo que son, mujeres. Bravas y espectaculares mujeres cubanas.