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Texto y Fotos Graciela Guerrero Garay

Aunque los días siguen tan de prisa como siempre y tienen justo sus 24 horas,  las vacaciones de verano simulan y crean, en la mayoría de las personas, una sensación de que ese roba vida llamado tiempo no es tan agrio como de costumbre y les regala algo más de lo habitual.

Tal vez tenga que ver con esa necesidad cotidiana de andar pendiente del reloj, los horarios de las guaguas, el madrugar, etc. etc. O, quizás, porque tratan de emplearlo en rutinas o motivaciones más placenteras e intentan cumplir aquello que una vez dejaron para las vacaciones. Lo cierto es que un sentimiento de libertad cohabita en el entorno y resulta muy gratificante, aún cuando de pronto llegue ese gritico interno de… ¡se acabaron… uhh, se acabaron!

Cada quien tiene sus preferencias y las niñas y niños se tornan unos excelentes demandantes del antojo o de las promesas de los padres, quienes condicionaron metas como el pase de grado con excelentes notas para cumplirles el sueño prohibido. Mi pequeña vecina Adiannis es una de ellas. Ama los gatos y nunca le quisieron llevar la mascota a casa porque “hay que estudiar y sueltan mucho pelo. No hay tiempo para atenderlo ni para jugar”,  sentencia paterna que la chiquilla burló y se trajo un felino recién nacido, no más puso su boleta de puntuación sobre la mesa.

Como un complot, su amiga llegó con otro para enseñar las exquisitas crías de su gata siamesa. ¡Y ahí mismo se rompió el corojo! Los juguetones y bellos retoños ronroneantes fueron calificados como los monstruos más dañinos del reino animal. Había que desbaratar la tesis familiar y pidieron buscar el periódico donde se trató el tema. En efecto, Adiannis y Carmita tenían razón: un verano con gatos es muy saludable.

El beneficio de tenerlos de mascotas está probado científicamente. Hay estudios muy fundamentados sobre el poder que poseen para relajar a los seres humanos y crear emociones positivas con su ronroneo, de ahí que sean ideales como terapia para las personas solas, con problemas psicológicos o alguna discapacidad, pues sus mininos afectos reducen es estrés y la intranquilidad.  

Investigadores de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, afirman que sus propietarios tienen menor probabilidad de morir a consecuencia de un infarto, al tiempo que indican que su presencia y compañía no curan pero hacen sonreír, refuerzan la comunicación familiar y trasmiten seguridad y confianza en los momentos de intercambio de caricias y mimos.

Los científicos los sugieren para casos de autismo, síndrome de Down, la hiperactividad infantil, desórdenes de conducta, depresión y la violencia doméstica. Igual contribuyen a la disminución de los niveles de presión sanguínea y el colesterol, y aumentan los índices de supervivencia en los pacientes con episodios cardiacos. En una palabra, se es mucho más saludable cuando se tiene un gato.

Esta influencia enigmática y misteriosa de los gatos era utilizada para sanar en civilizaciones muy antiguas, pues poseen una frecuencia vibracional muy elevada en su código genético que ayuda al hombre a equilibrar sus corrientes energéticas, las cuales al estar distorsionadas responden atacando a los órganos y vísceras. Esta mascota, por intuición, se coloca donde existe un exceso o déficit de energía y la desbloquea por ley natural.

Por si fuera poco, el sonido emitido con sus ronroneos cura fracturas de hueso. La razón está en los mantras especiales que emplean. Son grandes revitalizadores y actúan sobre nuestros chakras. Entonces, haga su verano con los gatos y deje a los chicos y chicas que disfruten de esa buena compañía. No crea en viejos cuentos de que traen mala suerte. Estos preciosos mininos valen. La gato- terapia no es un cuento de camino. Si son sus elegidos, ámelos más. Aprovéchelos. Nacieron para hacerle bien.