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Por Graciela Guerrero Garay     Fotomontaje: Chela

Ciertamente en Cuba hay toda una proyección real por conservar el medio ambiente y, cada día, crecen los espacios informativos dedicados al asunto, mientras en las escuelas se siembra, desde las propias clases, la semilla del amor por la tierra y su habitad. El rescate ecológico y el incremento de la exigencia por salvar  cualquier especie son innegables.

Cuando recientemente se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente, en Las Tunas, por ejemplo,  las actividades se promovieron con diversas jornadas, las que incluyeron la reforestación hasta acciones concretas para evitar el deterioro de la capa de ozono, como la eliminación de los clorofluorocarbonos, con la reconversión de las máquinas que usan freones por otros refrigerantes menos agresivos.

En coherencia con el protocolo de Montreal y las políticas nacionales trazadas en consecuencia, el territorio muestra avances en la capacitación del personal técnico involucrado en esas funciones, así como en el equipamiento de los talleres de  refrigeración, con máquinas que permiten recuperar los gases nocivos presentes en los útiles de climatización, almacenarlos y destruirlos de una manera segura, sin liberarlos a la atmósfera como se hacía anteriormente.

Con la producción de insecticidas y fertilizantes existe igual atención preventiva, pues está totalmente eliminada la aplicación de tetracloruro de carbono, el metilcroroformo y el bromuro de metilo, para hacer viable el incansable empeño de detener el crecimiento del agujero negro de la capa de ozono  y proteger la vida en el planeta.

Estas tareas también contribuyen a poner un stop en sus derivaciones negativas sobre el cáncer de piel, las cataratas oculares y el sistema inmunológico, a la vez que influyen en la conservación de la flora y la fauna como seres vivos que son y requieren de habitad idóneos y sostenibles como el hombre.

Sin embargo, estas medidas gubernamentales no remplazan la responsabilidad individual y social que tenemos hacia el cuidado ambiental y el respeto a la biodiversidad, por lo que también se incrementa el rigor en la aplicación de multas y otros requerimientos jurídicos sobre quienes, con sus procederes mercantilistas, la mayoría de ellos, producen daños a especies endémicas de esta región.

Una entrevista difundida por el portal digital Tiempo21, de la colega Tania Ramírez, a Juan Árias Gómez, Jefe de Inspección provincial del Cuerpo de Guardabosques, pone a la luz los actos de tala, procesamiento y tenencia ilegal de maderas preciosas, así como el decomiso de más de 45 metros cúbicos de madera, motosierras, medios de transporte y demás aditamentos empleados para conseguir los fines, en una provincia que apenas supera el 17 por ciento de áreas boscosas y la floresta sufrió uno de los impactos más demoledores con los huracanes de años atrás.

A ello se suma su incidencia sobre las aves, las que ven su entorno natural afectado por la destrucción de los nidos y pueden, con el paso del tiempo, llegar a ser especies en extinción,  como es el caso de las cotorras y los cateyes, sin dejar de perjudicar igual al resto de los animales.

Conscientes de esto, los ambientalistas tuneros – léase cubanos en general- trabajan para cultivar en los niños y niñas desde edades tempranas estos valores de cuidado y amor por el entorno, porque es justo desde la tierra donde se defiende la vida y se gana el espacio verde y natural en presente y futuro.