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Por Graciela Guerrero Garay

Un enorme impacto emocional tienen las muertes súbitas cardiovasculares (MSC) en cualquier parte del mundo y en Cuba, aunque no hay registros estadísticos que computen la magnitud de estos sucesos mortales sorpresivos, los estudios realizados estiman que entre el 11,2 y el 12,4 por ciento de los sucesos naturales ocurridos en el 2012 fueron por esta causa.

Por las consecuencias que ocasionan también en el orden social y económico, los científicos de las organizaciones Panamericanas y Mundial de la Salud, así como los especialistas en la Isla dedican eventos y simposios a debatir el asunto, con la finalidad de elaborar estrategias conjuntas que reduzcan su incidencia y se llegue a consenso en las normas de actuación al respecto.

En noviembre del pasado año, por ejemplo, los cubanos compartieron plenarios con expertos de unos diez países, entre ellos Canadá, Estados Unidos, Uruguay, Chile y Argentina, para valorar la muerte súbita extrahospitalaria, en la mujer menopáusica, el lactante y en el deporte, así como los niveles de respuesta en la población de riesgo.

Considerada otro de los principales desafíos del presente siglo, la MSC mata en el mundo de tres a cuatro millones de personas, más de 13 mil diarias, en un reducido tiempo de horas, en las cuales los síntomas pueden comenzar con agudos dolores precordiales, falta de aire, palpitaciones, frialdad, palidez, sudoraciones, cambios mentales y pérdida de conciencia, todo de manera abrupta e inesperada.

Los paros cardíacos en la calle y las causas asociadas como la obesidad, la diabetes, el sedentarismo, la hipertensión arterial, el tabaquismo y la aterosclerosis están en la mirada perspectiva de abordaje interdisciplinario y múltiple de los especialistas y cardiólogos nacionales e internacionales.

Atacar esta pandemia es también una estrategia del sistema de salud cubano desde su atención primaria,  pues al ser más frecuente después de los 50 años y estar casi siempre sola la persona al momento de presentarse la MSC se trata de reducir los factores de riesgo y atender, de manera especial, a quienes por sus dolencias crónicas y patologías clasifican en los grupos sociales más vulnerables.