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Por Graciela Guerrero Garay    Foto: Tomada de 26 Digital

El tema del racismo es una de las aristas que las campañas mediáticas contra Cuba y sus reiterativos enemigos de siempre, sin pudor alguno, intentan ponderar, para poner en la picota internacional el rumor de que en estas tierras del Caribe se violan los derechos humanos y marginan, a un segundo plano, los que visten su piel color canela a lo largo y ancho del archipiélago.

Los datos obtenidos en el Censo de Población y Viviendas 2012 –el anterior se realizó en el 2002- indican que la tendencia en la Isla es a un mayor mestizaje, al declararse menos personas como blancas y también menos como negras. O sea, los números traslucen que si bien las cubanas y cubanos de piel blanca predominan, 7 millones 160 mil 399, las cifras de negros y mestizos andan en una espiral ascendente, y hay zonas específicas en que, dada la totalidad de habitantes, son quienes llevan prácticamente las riendas socio-económicas y políticas de sus lugares de residencia.

En otras palabras, absolutizar que hay marginación de clases sociales por el color de la piel en Cuba es un disparate, no solo porque la exclusión no está concebida entre los principios constitucionales de la nación, sino porque la composición étnica actual no permite otra cosa, al margen de cualquier razón fortuita o forzada que pretendiera “alguien” levantar contra la determinación gubernamental de dar oportunidades iguales a toda su ciudadanía, tal como ha sido desde la Revolución de enero de 1959.

Las campañas mediáticas se aplastan –a mi modo de ver- en el hecho de que el Censo 2012 patentiza que a nivel de provincia, La Habana tiene la población más alta de cubanos declarados como negros, un 15,2 por ciento,  y residen, justamente, en los municipios periféricos de la ciudad, por lo que se interfiere tengan una activa participación en los planes de desarrollo locales y nacionales, con una influencia sostenible y participativa.

Si sumamos que alrededor del 71 por ciento de los nacionales posee nivel educacional medio o superior, las estadísticas confirman la verdad defendida por Cuba de que en el país no hay racismo y, mucho menos, regulaciones, políticas o disposiciones que impidan que el pueblo, en lo individual o colectivo, acceda a cualquier puesto de dirección,  profesión, oficio y estudio que determine elegir o aceptar en sus radios de acción si lo amerita.

Otro ejemplo para encauzar la mirada sobre una Isla real y no tergiversada sobre el martillo del desdén o la impotencia, puede ser el territorio de Las Tunas, donde el 74,6 por ciento de sus 532 mil 645  habitantes son blancos. Sin embargo, en esta ciudad capital y fuente esencial del desempeño socio - político y económico de la región reside la mayor cantidad de personas negras, mestizas o mulatas.

¿Dónde está el “carabalí? Por doquier: en puestos claves de la economía, los servicios, las instituciones estatales, las organizaciones gubernamentales y políticas, las universidades… en fin, que vivimos y apuntalamos el proceso de cambio con más color café que en otros tiempos. Y si la tendencia es al mestizaje entonces creo que a nadie en un podio foráneo, injusto y despatriado se le ocurrirá hacer el ridículo de siempre, porque aquí, en la Perla del Caribe, no hay racismo.

Basta caminar a cualquier hora y ahí está ese color canela, desde oriente a occidente. Y con ellos y todos, Cuba va.