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Por Graciela Guerrero Garay

La panadería Leningrado, ubicada justo al lado del mercado de Productos Alimenticios de igual nombre, es una muestra y una respuesta objetiva de que se puede ser mejor con lo que tenemos. La lectora Virginia Flores, quien señaló similar dificultad con la calidad del pan que se distribuye en la bodega La Revoltosa, nos informó que había mejorado “muchísimo”, al seguir el tema enjuiciado en este espacio en enero último.

Entonces, no era la harina el duende malo que estropeaba la producción casi a diario. Refiero estos ejemplos porque resultan alentadores ante las actitudes críticas, profundas y contundentes que hicieron los trabajadores cubanos – donde también estábamos representados los tuneros -, en el recién concluido Congreso de la CTC.

Y más claro que el agua el parlamento del discurso del General de Ejército y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Raúl Castro Ruz, cuando enfatizó que para repartir riquezas había que crearlas. O sea, hay que trabajar, pero trabajar bien. Sin justificaciones banales, subjetivas, irrespetuosas y amorales. No somos tan ingenuos para creer que la ineficacia y la corrupción se venden en la farmacia o el contagio viene por decreto, no más se hace un nombramiento a un cargo.

Si bien debería revisarse una y otra vez, ahora con mayor integridad, la política de cuadros y el proceso de propuestas y selección de nuestros dirigentes (sobre todo los designados para puestos claves de la economía y los servicios), la empleomanía y el sindicato tienen que llamar las cosas por su nombre. A quien no gusten los señalamientos, que no de lugar o renuncie con dignidad a la responsabilidad si sabe no la cumplirá como debe ser. O, sencillamente, la rechace.

El enemigo está en alerta. En la magna reunión de la clase obrera denunciaron los planes de formar sindicatos y organizaciones paralelas a la CTC, y lo bien que pagan esta vil traición. No puede ser una cacofonía el ir “dando bola” ante la mínima crítica o insatisfacción de los obreros o el pueblo. Tener un cargo no es un lucro. Es representar al Estado y acercarse lo más humanamente posible a los principios martianos. Quienes nombran y son nombrados deben reflexionar convencidos de eso.

Nuestro mundo, interna y externamente (como Venezuela, por ejemplo), emite cada minuto miles de señales para que abramos los ojos. Bajo cualquier piel puede estar la bomba. Si no reconocemos la crítica como el arma valiente y definitiva para dar el paso adelante que necesita la nación, más tarde veremos las riquezas y más lejos estarán en el bolsillo o convertidas en bienestar por nuestras casas y calles.

Los ejecutivos son algo así como los padres. Si educan y dan buenos ejemplos, cosecharán. Pero este ciclo no es un caso cerrado. A los de a pie, quienes bien sudan dentro y fuera de sus colectivos para crear los bienes sociales, incluso porque son los más, hay que escucharlos y respetarlos. Mas, a ellos compete, en primer orden, darse al respeto trabajando bien y llamando las cosas por su nombre.

Esa es la unidad que pide la Revolución y nuestro Presidente en persona. La retórica le va mal a estos tiempos de ganar y avanzar. No es teque ni arenga. Las papas podridas tienen rostro y tenemos que sacarlas por el bien de todos. El silencio también nos hace cómplices.