20140226154606-15aem-bloqueo-a-cuba.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay

No es una muletilla política ni una justificación de errores como, muy superficialmente, creen algunos. El bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos a Cuba incrementa por día sus daños, al tiempo que incide de una manera u otra en la vida privada y social de cubanas y cubanos.

Algo tan vital para el bienestar de una nación como es contar con una ciudadanía saludable es tema que, cotidianamente, se pone a riesgo por la unilateral medida del gobierno de USA,  implantada desde hace ya más de 50 años y condenada, en las dos últimas décadas, por la mayoría de las naciones en la ONU por los contundentes informes ilustrativos de tales perjuicios, mostrados por la Isla en el plenario de esa organización.

La Salud Pública, un sector muy susceptible a los estados de opinión popular, sufre pérdidas incontables, no solo en el impacto económico, sino en todos aquellos factores de orden psicológico que suceden en las personas detrás de la falta de un medicamento, un reactivo para determinar un diagnóstico o un recurso para un tratamiento clave o alternativo. Entre mayo del 2012 y abril del 2013, por ejemplo, el monto de los daños ascendió a 39 millones de dólares por la lejanía que estos insumos estuvieron al alcance de Cuba.

Justamente se trata de eso: el bloqueo impide recibir ingresos o adquirir materias primas o productos procedentes de los Estados Unidos, al tiempo que obliga a la Isla a realizar cualquier operación de este tipo en países de otros continentes, lo cual encarece y adiciona a estas acciones pagos colaterales, inevitables en la mayoría de los casos, sino en todos.

Solo la voluntad expresa del Estado cubano y la resistencia moral del pueblo, pueden sobrevivir a tan criminal determinación. Y esto tampoco es una muletilla política. Es una perogrullada irrefutable, únicamente concebible por la austeridad, el espíritu creativo y las estrategias aplicadas aquí para sortear, con esfuerzos desmedidos, las injustas e inhumanas trabas económicas, financieras y comerciales encerradas en la Proclama Presidencial 3447 del entonces presidente norteamericano  John F. Kennedy, instituida oficialmente el 3 de febrero de 1962.

Contabilizar y exponer que, desde entonces, los cubanos sufren hasta los días de hoy pérdidas por un billón 157 mil millones de dólares no será jamás la verdad absoluta. ¿Cuánto valen las miles de vidas que no pudieron, a tiempo, recibir la medicina de última generación para combatir su enfermedad, como es el caso de los niños que padecen de cáncer?

¿Quién define el valor real de los malestares y los quebrantos de todo tipo que engendra el paro de una industria o el transporte, por falta de piezas de repuesto? ¿Cómo se resarce y quién pone precio a los daños del país por todos los ingresos, dejados de percibir por exportaciones de bienes y servicios? Las preguntas pueden ser infinitas, desde la que cuestione hasta el más complejo o simple detalle.

La respuesta siempre será la misma: el monstruo imperial que José Martí le radiografió las entrañas es el culpable. La historia también lo recogerá para siempre. Más temprano que tarde la voz de los pueblos y de Cuba, principalmente, silenciarán tanta despiedad inmoral y antihumana. Los Estados Unidos, poco a poco, dejarán de ser los dueños de los truenos. Ya se tambalea sobre el lodo de su ambición. El bloqueo tiene que acabar. Los cubanos ganan con decoro ese derecho.

Repito, no es una muletilla política. La ironía sostenida por los sucesores de la Casa Blanca tiene que morir. Ellos saben que acá, en la Isla del Caribe, la tempestad jamás ocultará los hermosos rayos del Sol que la iluminan. Y esta verdad la sabe el mundo entero.