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Por Graciela Guerrero Garay

Otra vez Cuba llena de gloria y esperanzas el contexto americano. Pero este miércoles no acabó la II Cumbre de la CELAC. En el rostro de la pequeña Viky y sus ojitos ávidos de saber y “ver” quedaron huellas, como en el resto de la familia y las familias –hago la retórica con marcada intención-, porque todos siguieron la noticia y estuvieron pendientes de cada una de las sesiones del evento integrador.

La pequeña Viky, de cuatros años, no se conformó nunca con que le mostraran la foto de Fidel. Una y otra vez, quería verlo e insistía al padre- mientras trataba de explicarle que estaba en La Habana – que la llevara allá y así también conocía el Acuario. De pronto, en el Canal 11 de la Televisión, Cubavisión, difunden el encuentro del líder de la Revolución con Ban Ki-moon, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas.

¡Corre, Viky, mira a Fidel…mira a Fidel!- gritó la madre emocionada y la chiquilla salió corriendo como una palomita asustada de su cuarto. “¿Ese es Fidel? ¿Y por qué se parece al abuelo? ¿Y la gorra y el uniforme verde? La verdadera algarabía se “armó” cuando llegó el padre del trabajo. Esta vez no hubo besos en puntillas de pie.

¡Papi, vi a Fidel!, pero no es el de la foto que tú tienes. Se parece a abuelo Alfredo, ¿por qué no me lo dijiste?, fueron los golpes de amor del recibimiento. Y entonces, cogió su libreta de dibujos y allá fue a mostrarle al padre quien era Fidel.

Viky no supo que el eterno Comandante de Cuba habló con Ban Ki-moon la necesidad de alcanzar un mundo de paz y reducir la pobreza extrema, el hambre, la insalubridad. Tampoco conoció del empeño de lograr un desarrollo económico y social y que, justamente, la segunda reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) traía estos temas en la agenda.

Para esta pequeña tunera lo vital fue ver a Fidel y, desde la altura de sus años, era un sentimiento tan complicado y sencillo como recibir un juguete de regalo. Puedo asegurar que esta anécdota será contada, muchas veces, por ella y sus padres. Y, cuando suceda, la hermosa idea de hacer una América unida, con su diversidad y pueblos propios, renacerá.

De hecho, ya está naciendo. La II Cumbre de La Habana es un paso más fuerte en el largo camino. Lo importante es que los pueblos y sus mandatarios quieren transitarlo, hoy con mejor claridad de los problemas que afectan el continente y más decididos a solucionarlos.

Viky, por supuesto, no comprenderá que lo hacen por ella. Está feliz porque conoció a Fidel y ese hilo generacional que alimenta raíces es, a mi modo de percibir los retos de estos tiempos, la génesis que también recibí de “mis mayores”. Por eso América está viva y nada ha podido robarle sus colores.