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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

Detesta muchas cosas. Quizás por aquello de que la belleza se le antoja un grano de maíz y piensa que no siempre en envase chiquito vienen las cosas buenas. Tampoco es de quien regala una sonrisa a cualquiera en plena calle o anda de murmullos entre cuatro paredes.

Rosa Tamayo es exigente. Cumplir es un infinitivo al cual defiende con vida propia, de ser necesario. No duerme, no come y mucho menos quita de su faz esa impronta de inquietud y persistencia hasta materializar la encomienda que le asignen.

“Hay dos cosas a las que me entrego y he entregado todo: la Federación y la bibliotecología”, dice y ensancha ese mar de asombro que simula navegar sin prisa en sus ojos.

Hay muchas mujeres para testificar su entrega desmedida a la organización femenina cubana allí, en la base, donde no siempre hay manos sobrantes y dispuestas a asumir cargos y el trabajo es complejo.

Casi 20 años como Secretaria del Bloque 68 –A, en el municipio Las Tunas, con nueve delegaciones a su cargo no es nada fácil en tiempos donde las féminas cubanas, en mayoría, trabajan y regresan tarde a casa para continuar, con muchas tensiones domésticas, la  “otra jornada”.

Rosa no espera. Va y las busca para orientarlas, cobrarle la cotización o motivarlas a incorporarse a un curso, ir al consultorio médico a ver el tema de la Prueba Citológica o citarlas para alguna actividad, sea un debate de salud mental, una charla sanitaria o un encuentro para demostrar las habilidades femeninas en las artes manuales, sobre todo el tejido y la artesanía.

No es extraño verla, de noche, en la barriada. “Sus mujeres” viven en una zona residencial de edificios multifamiliares y por demás hay muchas de ellas que asumen roles de jefes de familias, son madres solteras o están en la tercera edad. La labor de mantener el activismo se complica y, entonces, allá se llega, puerta a puerta, a puntualizar los deberes de la FMC.

Pero su vida no es menos hermosa y activa en su desempeño como Bibliotecaria del centro escolar Tony Alomá. Su pasión por los libros y la fobia a las páginas en blanco se los trasmite a cientos de niñas y niños, también por largos y continuados años.

“La lectura y los libros es algo que todo ser humano deben amar. El horario de biblioteca  no puede ser un momento de relajamiento ni desmotivación para los alumnos. Tampoco de aburrimiento”, dice esta tunera que en la Educación tiene igualmente huellas significativas.

“Yo convierto el turno de clases es un espacio de continua interactividad. Lo mismo dramatizamos una obra, que hacemos encuentros de conocimientos, que preparamos un matutino especial o nos valemos de las artes para destacar una efeméride.

“Me gusta estimular a los niños y niñas y premiarlos por sus resultados y avances. Así dibujo personajes de los libros que les muestro, flores, mariposas, libros lápices… en fin, cualquier detalle relacionado con lo que impartimos y ellos se entusiasman y, cuando  les toca ir a la Biblioteca, van contentos y aprenden a valorar que leer, hacerlo bien y traer un libro en la mochila es tan importante, necesario y valioso como saber Matemática y Español”.

Cada mañana, al entrar por la puerta de la escuela, este amor echa frutos. De todas las edades y tamaños, pioneras y pioneros salen corriendo a recibirla. Rosa va llena de besos y abrazos invisibles a su biblioteca escolar, mientras su corazón teje con estas maravillas la novedad del próximo encuentro.

Ahora comprendo su fobia a los papeles en blanco y esa manía de andar con libros en las manos, aunque lleve siempre su cartera negra colgada en los hombros.