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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

En las tierras de Vicente Feria Gómez, allá por las colonias cañeras de El Retiro, en el municipio Jesús Menéndez, un chiquillo un poco tímido soñaba con montar los caballos de su padre. A los siete años, por su insistencia, el padre le compra una montura pequeña, lo sube sobre Retintín y le dice: dale, vamos a Chaparra.

No olvida ese viaje de ocho kilómetros que le regaló el gran sueño de su infancia, como tampoco borra de la memoria las clases de la maestra Rita Crespo Sánchez, la santiaguera que estrenó la primera Escuela Nacional Rural que hubo en la zona, gracias a las colectas que hizo Feria Gómez en unas fiestas que planificó con ese fin.

La vida de unos 60 chicos y chicas de la zona y sus alrededores comenzó a cambiar. Y allí, por supuesto, estaba el mayor de los hijos de Vicente. Tenía casi ocho años, aunque no era analfabeto. Su padre le había mandado, con cierta sistematicidad, a descubrir las letras y los números con una profesora privada en Chaparra.

¿VOCACIÓN FORZOSA?

Le gustaba la mecánica a Nenín, un hombre que muy pocos saben que su nombre de pila es Vicente Emilio Feria Toledo. A veces –recuerda ahora con 74 años – sentía “cosquillas” por enseñar a mis amigos, y quizás ahí estaba esa pasión que siento por el magisterio.

Su voz es pausada, la misma con la cual explica las veces que sea necesario las clases de matemática en el Instituto Politécnico Protesta de Baragúa, donde trabaja en el presente curso. En el año escolar 2010-2011 entra de nuevo a un aula, después de jubilarse en el 2006 con 67 años. Los problemas de salud le obligan a tomar la decisión, quería seguir.

“No puedo estar sin mis alumnos, revivo con ellos. Sin embargo, nunca pensé ser maestro, quería ser Ingeniero Mecánico. Lo que supe siempre es que no sería agricultor, porque mi padre se empeñó en que estudiara, decía que no quería verme en el monte como él, aunque no vivíamos mal para aquella época. Bueno, él fue el que inspiró y proporcionó la construcción de la primera escuela de El Retiro.

“Mi casamiento me llevó realmente al magisterio. Tenía 18 años cuando conocí a Gisela de Armas y todo cambió. Tenía que trabajar para formar mi familia y en 1960 empecé a impartir clases en la Primaria, era multígrada. Estaba en Los Hoyos, en Manatí del Vedado, en el municipio Jesús Menéndez.

“Ese mismo año nos fuimos a San Lorenzo, en la Sierra Maestra, a pasar un curso de adaptación al medio rural. Éramos mil maestros y recibimos el Título en esta enseñanza. En el 1961 nos incorporamos a la Brigada Conrado Benítez y fui el responsable de la Campaña de Alfabetización en la zona,  que abarcaba hasta San Martín, incluyendo dos Campamentos de Patria ó Muerte, en San Martín 4 y La Cruz del Cedrón”.

Nunca más se desprendió de un lápiz ni una libreta. Sus pasos, unas veces de prisa y otros con calma, abrieron trillos con las cartillas bajo el brazo por los intrincados parajes del monte. Fue formador de nuevos maestros, incluso de los que ya ejercían. En 1973 lo nombran Metodólogo provincial de Matemática de la zona Norte de Las Tunas. Tampoco ninguna enseñanza se escapó del didactismo que le caracteriza, de su exigencia para que los alumnos aprendan y aprueben conscientemente.

“Superarme es una necesidad tan apasionada como educar. Tengo todos los títulos de profesor de Matemática en los diferentes tipos de Educación, unos los obtuve en la Universidad de Oriente y otros en el Instituto Superior Pedagógico de Holguín. También guardo con mucho cariño el certificado  emitido en un curso de Post-grado impartido por especialistas de la antigua República Democrática de Alemania.

“No me vanaglorio de los tantos reconocimientos y medallas que poseo. Jamás trabajé ni trabajo por eso, pero me gusta hacer las cosas bien y con una disciplina rigurosa. Y lejos de lo que piensan las personas, mis alumnos me quieren y aprenden, aunque mi asignatura sea difícil para la mayoría, pero yo hasta que no esté convencido que saben el contenido no dejo de repasarlos, sea en mi casa o en el lugar que diga el grupo”.

El profe Nenín tiene muchos hijos. Todavía los estudiantes, algunos con canas, que tuvo en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas José Martí, de la provincia de Holguín, lo encuentran por ahí y le recuerdan. Él, muchas veces,  los trae hecho nieblas en la mente. Y ese abrazo que les despierta el alma y une como aquella vez los sentimientos es, hoy, otro aliciente para que no piense en dejar el aula y olvide los años.

“No sé cuando me jubilaré de nuevo. Estoy fuerte y superé los problemas de salud que alguna vez me alejaron de la escuela…” Una nueva sonrisa ilumina sus ojos y, entonces, le veo en la retina un amor grande, mucho más fuerte que aquel que le agitó el corazón mientras Retintín le rompía la timidez y el miedo…arre caballo, arre… Es verdad lo que decía su padre. Vicente Emilio Feria Toledo no nació para agricultor. Nació para ser Maestro.