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  • El Comandante de “La Lupe” y José Martí en los cielos de la memoria

Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: Cortesía del Autor

El tiempo que estés sin encontrarte con este hombre no influye en nada. Sucede, al verlo, como si no existiera. Él se encarga de avivar el recuerdo del último ejercicio profesional que compartimos, decirte un piropo elegante –aunque no lo merezcas-, e invitarte a un café, tal como si ahorita mismo hubiésemos estado juntos en cualquier lugar.

Matiza pasado, presente y futuro, con su magistral y pausada voz, de una forma tan peculiar que la anécdota que escuchas simula quedó escondida, segundos atrás, en algún bello recinto de sus cuerdas vocales. Es difícil notar algún detalle que marque la ausencia. Es él, no se transforma: galante, educado, formal, sencillo, vivaz, amigo y defensor a ultranza de hacer lo que hay que hacer contra viento y marea. Estas virtudes – como sus defectos, tal cual me diría- no cambian aunque lleves casi un siglo sin estrecharle las manos.

Su carisma de conversador por excelencia, investigador nato y locuaz interlocutor forma una pirámide compleja  y cautivante al momento de hacerle una entrevista, pues el tiempo límite puede ser infinito y cada vez más interesante. Joel Lachataignerais Popa jamás trae una hoja en blanco, aunque su impronta pueda confundir y bautizarlo, a priori, como un ser muy pasivo.

Lacha – le llaman cariñosamente- tiene muchas pasiones, pero la presidencia de la Sociedad Cultural José Martí da un ritmo peculiar a sus últimos años de trabajo, también dedicados con fervor al periodismo.

Al tratar el tema destaca que la Sociedad está en constante renovación y acercamiento a las comunidades, apuntalada en el abarcador pensamiento del Apóstol y su incidencia en los ideales del pueblo cubano. “Incorporar a los martianos, así como a las personas extranjeras que tengan iguales proyecciones es un objetivo permanente de nuestra organización, la cual tiene carácter no gubernamental”, puntualiza.

El brillo retoza en sus ojos cuando narra la motivación constante que es José Martí en todas las generaciones cubanas, desde el mismo momento de las luchas por la independencia y la universalización de sus principios de unidad latinoamericana. De ahí la importancia de las proyecciones futuras de incrementar, con un acercamiento a las restantes organizaciones de masas en Cuba, el sentido de pertenencia cultural que ello implica y genera en el pueblo.

Concursos, talleres, conferencias, peñas de pensamiento, literatura y música son, junto a programas especiales vinculados a las fechas y efemérides que marcan la vida del prócer, las principales actividades, indica Lacha y enfatiza en que “la Sociedad tiene interés particular en mostrar a través del Maestro, el quehacer de la juventud en las artes y la cultura”.

Mucho tiene que contar de este trabajo en los distintos municipios tuneros y los resultados que se alcanzan, pero prefiere hablar de…

CIELOS EN SU MEMORIA

Por estos días su mente voló a los recuerdos de un hombre. Son imágenes fuertes –confiesa- que lleva para siempre. El 22 de diciembre de 1961 la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana, estaba llena del ejército de cien mil alfabetizadores que se encargaron de declarar libre de analfabetismo a Cuba.

“Yo estaba en la base del monumento. Almeida estaba allá arriba, entre Fidel y el Che unas veces. Otras, en el ángulo más izquierdo, al lado de Armando Hart. Se movía mucho. Luego lo vi por la televisión. La primera vez que lo tuve junto a mí fue en 1965, mientras pasaba el servicio militar y era alumno de una escuela de Formación de maestros para las Fuerzas Armadas.

“Él, como Ministro de las FAR, realizaba allí una inspección y ocurrió un incidente con un soldado. Su reacción fue aconsejar al recluta y le puntualizó, eso nunca lo olvido, que un militar debía ser inteligente, vivo y actuar con firmeza siempre.  Tres años después, trabajando como periodista en Radio Bayamo, me seleccionan para atender al delegado del Buró Político del Partido de Oriente, el Comandante Guillermo García. Tuve la oportunidad de verlo en numerosas ocasiones hasta que quedé a sus órdenes, al ocupar Almeida ese cargo.

“Era extraordinariamente noble. Una persona muy llana, asequible.  Sencillo y modesto. Nunca le escuché alzarle la voz a nadie, muy valiente y conjugaba todas esas cosas con la inteligencia natural que lo distinguía.

“En el Puesto de Mando de “El Yarey”, en Jiguaní, trabajábamos cientos de personas porque allí radicaban varias direcciones y estaba la oficina del Delegado del Buró Político. Era violento el trabajo, con reuniones casi todos los días, despachos, visitas y la atención a los ciudadanos,  quienes venían con cualquier tipo de problema personal o queja. Nunca, ni Almeida ni Guillermo, dejaron de atender a nadie.

“Me impresionaba siempre su método de despachar con los dirigentes y realizar las reuniones. Duraban entre 40 minutos y una hora y media o dos horas, ¡y se trataba de todo! Jamás he vuelto a participar en reuniones tan absolutamente prácticas después de aquello.”

La locuacidad de Lacha me trae al poeta que cuajó sus sueños en La Lupe, esa inmortal canción que tarareamos millones y millones de cubanos, mexicanos y latinoamericanos. 

“Almeida era muy alegre, siempre con una sonrisa en los labios. Gustaba ponerse las camisas de mangas largas a medio codo; vestía muy pulcro y el uniforme lo usaba rigurosamente. Ordenaba las misiones con seriedad, a veces, sonriéndote y mirándote a los ojos. Tú sentías cuando estabas recibiendo o entregando una tarea, su energía, la exigencia. Sin embargo, nunca era una solicitud alterada, de fuerza. Pedía y ordenaba con dulzura y criticaba con dureza, pero desde esa misma actitud.

“Guardo recuerdos muy lindos. Un día íbamos a recibir una delegación brasileña y me destinaron a esperar en el Círculo social Obrero “Vicente Quezada”, de Bayamo. Los amigos estaban impacientes, pero no por la demora del Comandante, quien llegó justo a tiempo, sino por la ansiedad de conocerle.

“De momento entró un jeep descapotado, con un individuo manejando en camisa blanca y mangas largas, al codo. Ahí viene el Comandante, les dijimos, y los brasileños se insultaron casi. No entendían cómo el Jefe de Gobierno de una provincia viajara solo por la ciudad. Entonces comentaron que un miembro del Gobierno en su país no podía salir así a las calles.

“Un sábado me llamó por teléfono y me dice: “Quiero que mañana estés ahí de guardia, esperándome. Voy con una visita que te va a gustar”. Se apareció con un señor bien alto, más que él, vestido sencillamente con pullover blanco y pantalón gris. Me pidió que le ayudara a recoger las cosas que venían en el automóvil, un Alfa Romeo. El señor fue conmigo hasta el parqueo, y yo tomé un maletín en cuya tapa se leía “The New York Times”. Esto llamó mi atención. Cuando estuvimos de regreso,  Almeida me pregunta si lo conozco. Bueno, Comandante, el rostro me parece conocido, le respondí. Me pide que lo mire bien, pero no me daba cuenta. Él es Herbert Mathews, afirmó Almeida.

“Muchas veces se aparecía ante nosotros silbando. Un día pidió que no lo molestáramos. Se acostó en el sofá y siguió silbando, luego tarareó algo. Se fue. Varias semanas más tarde, durante el carnaval de Santiago de Cuba, pidió ver en el canal Tele Rebelde la transmisión  de la inauguración de la fiesta para ver la actuación de Los Van Van. Era el estreno de “Mi Santiago”.

“En otra oportunidad llegó también silbando una música alegre, contagiosa y poco tiempo después descubrí, también por la televisión, que aquello que había silbado largo rato delante de mí se titulaba “Esa mujer lo que quieren es que la miren”. Y contó que era resultado de una vivencia; de una muchacha rubia que pasaba constantemente entre ellos, mientras él y otros amigos jugaban dominó. A uno de ellos le molestaba aquel paseo seguido y él dijo: “Déjala. Esa mujer lo que quiere es que la miren”.

Las manos de mi colega repiquetean suevamente sobre su carpeta negra. Sueña y trata de encarcelar al tiempo entre sus ojos y la boca. Es un gesto característico en él cuando vive sus pasos o siente que el momento puede tragarse una huella.

“Otra vez se apareció con un cassette y me pidió lo escuchara con calma, y después le diera mi opinión. Al cabo de ciertos días, vino a saber los resultados. Comandante lo que usted quiere es mi opinión, pero yo no soy músico, le respondí. Insistió y le dije que me gustaba la letra, pero la cantante no.  Eso mismo digo yo, me comentó, y decidió dar la canción a otra persona.

“Siempre será un hombre íntegro, buen compañero y amigo. Un jefe certero, firme y capaz. Para mi es un bosque. Un paradigma del hombre honesto, sincero, sencillo. Modelo de jefe y compañero. Lo recuerdo con la picardía que tenemos los cubanos. Era natural”.

El reloj nos atrapa y la conversación apenas es una seña. Entonces confiesa sus preferencias por la Historia y la Filosofía, la obra martiana, las narraciones testimoniales, los relatos y alguna poesía, sin dejar atrás las lecturas de la profesión que ejerce y ama, el periodismo, y todo aquello que lo lleve a ser un mejor ser humano.

Las mujeres…aunque no puede llamarse un Juan Tenorio ni, quizás, rey de un edén con muchas Evas, no esconde su predilección femenina. Esa ternura la cuida como el amor a los niños. Le conmueve un sollozo y el placer lo atrapa cuando trabaja con ellas, y reconoce la fortaleza e inteligencia que les brota.

No existen despedidas. Este enamorado eterno de la radio y periodista siempre, lleva muchas vidas en sí mismo. “Lo aprendí de aquellos hombres que se fueron a buscar el nuevo mundo en un asalto al cielo. Yo no estoy preparado para traicionar”.

Quedo con deseos de husmear en esos archivos infinitos que comparte con todos. Lacha es así, aquel niño que hizo la primera emisora radial del planeta debajo de una mesa de comedor y, después, llamó Sol de Libertad al primer periódico mural con papel de libretas del que tengo conocimiento. Desde ambos, salieron millones y millones de noticias con un halo de luz blanca porque también, desde siempre, es un hombre de paz.