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Por Graciela Guerrero Garay  Foto Naomi Cortés Pérez

Aquella lámina del libro de Biología ya no era un sueño. O el intento descriptivo de la maestra para pintarnos, con el mejor color de las palabras, aquel animal enorme de patas largas, todo un zancudo, que corría hasta 70 kilómetros por hora y era oriundo de África.

Toda una mole de plumas y misterios en nuestras cabecitas infantiles y hasta una pesadilla para quienes, como yo, echaba a volar con la velocidad de la luz la imaginación al mínimo toque del descubrimiento. ¡La más grande de las aves vivas! Algo así como Gulliver en el país de los enanos. O lo acariciábamos con los ojos sobre el papel, o el encanto quedaba sellado para siempre cuando acabara la clase.

Por años, en este oriental terruño de Cuba, Las Tunas, fuimos miles los niños y niñas que “viajamos” de ese modo por las interesantes pasarelas de la zoología. No había otra alternativa. De tal suerte, así fue el alboroto por la década del 70 – si mal no recuerdo, casi llegando a los 80-  cuando se corrió por la ciudad que “trajeron un león a la Feria”. Allá arrastramos en caravana a los padres, para conocer en carne propia al Rey de la selva.

Todas estas vivencias se aprietan en mi garganta al recorrer el agradable y bienvenido espacio que, en el oeste capitalino, ocupa el zoológico, uno de los atractivos de este verano y un valioso regalo para la más joven generación del terruño, ávida en el tiempo de llenarse de asombros con la magia de una instalación de este tipo.

¡Aquí está, delante de mis ojos, aquel monstruo de plumas de más de dos metros de altura!, altivo y feliz. El avestruz de mis años escolares, donde monté a Caperucita Roja para que persiguiera al lobo. Sin embargo, la mayor alegría no era esa, sino ver como hoy los más pequeños tuneros tienen, aunque modesto y en perspectivas de desarrollo, un zoológico de verdad y no en sueños de papel como tuvimos generaciones enteras de esta parte de la Isla.

Y disfruté, entonces, del avance que invade, poco a poco, a esta región de Puertas Abiertas, no tanto por la cordialidad de su gente, como pudiera encasillarse. Más bien – y tal vez sobre todo- porque empina talones por el mejoramiento humano y abre caminos al espíritu, en ese complejo rompecabezas donde borrar el subdesarrollo no es una meta. Es, sencillamente, el abracadabra de hacer amores piedra sobre piedra, día a día.