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Por Graciela Guerrero Garay

Mucha gente no cree en los cambios climáticos, aunque siente la sensación de estar con una hornilla eléctrica en la cabeza o dentro de un congelador. Así de dispares andan los termómetros por las latitudes cálidas o frías. Sin ser un estudioso del tema ni un avezado meteorólogo, alguna “cosa rara” trae el ambiente y cada día, en cualquier sitio del planeta, se percibe.

Cuando una noticia del portal Cubadebate, bajo la rúbrica de Eduardo Febbro, de Página 12, Argentina, aseguró que el 22 de agosto del 2012 los humanos comenzamos a vivir a crédito, quedé pensativa. Los datos no escondían la tragedia. En esos ocho meses la humanidad agotó todos los recursos que la tierra es capaz de producir a lo largo del año. Ese día se alcanzó lo que la ONG Global Footprint Network (GNF) llama el Global Overshoot Day, es decir, “el día del exceso”, puntualiza el análisis.

La interpretación de este fenómeno – del cual se ocupa desde 2003 esa ONG- puede resumirse en pocas palabras: la capacidad de consumo del ser humano no tiene límites, y el planeta no alcanza para satisfacer las demandas.  Desde 1970, el estudio de la llamada huella ecológica marca una curva descendente y acelerada, lo cual significa que la humanidad vive por encima de sus medios y para mantener el nivel de vida actual, se necesita medio planeta más.

En la cantidad de recursos y la forma en que los consumimos radica el pro –contra del desbalance, pues la tierra tiene una capacidad limitada de regeneración y los informes de GNF confirman el agotamiento cada vez mayor de los mismos, cuyos cálculos se basan en datos científicos emitidos alrededor de una medida, el hag,  la cual permite comparar la biocapacidad del planeta con el gasto de cada país.

Para tener una idea de lo catastrófico de esta realidad, vale apuntar que el pasado año el “día del exceso” se alcanzó 36 jornadas antes que en 2011 y el cambio climático, como resultado de los gases de efecto invernadero, es la consecuencia más cruda y apremiante, sobre todo porque las emanaciones de dióxido de carbono y la explotación de los recursos naturales son los máximos responsables de este avanzado déficit.

Estados Unidos y Brasil fueron los primeros en llegar al Global Overshoot Day en el 2012 y las cifras indican que, si el resto de las naciones necesitaran y consumieran como ellos,  harían falta 4,16 y 1,9 planetas para satisfacer la demanda. De 149 países estudiados, sesenta con culpables de la deuda ecológica.

Sin embargo, estos reales vaticinios no deben sorprender pues hombres de la talla de Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, en 1992 dejó con voz clara el mensaje de alerta:

Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre.(...) Si se quiere salvar a la humanidad de esa autodestrucción, hay que distribuir mejor las riquezas y tecnologías disponibles en el planeta. Menos lujo y menos despilfarro en unos pocos países para que haya menos pobreza y menos hambre en gran parte de la Tierra. No más transferencias al Tercer Mundo de estilos de vida y hábitos de consumo que arruinan el medio ambiente”.

La tierra puede darnos otra tregua, pero estamos endeudados. El cambio climático, créalo o no, desteñirá el azul del planeta. La Cumbre Río+20, a pesar de algunos grises, también fue diáfana. El crédito ecológico debemos saldarlo. Una vez más, nos compete a todos.