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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando el sol va camino al oeste y el fuego de la tarde, sin apagarse aún, le roba alguna brisa al crepúsculo, Ricardito llega con su carretón a revolver el barrio. Incluso, hasta los transeúntes de la avenida Primero de Enero, vayan a pie, en bicicletas o vehículos, se detienen.

“Traigo tomate, ají, platanito”. Y se le arma “la cola” ahí mismo. Vende barato y da mucho. Siempre es así, en cosecha y después de temporada. Es un campesino de la zona conocida como Becerra, a unos diez kilómetros de la ciudad de Las Tunas. En años, cuando cumple sus obligaciones con el Estado, comercializa directamente los productos. “No necesito intermediarios,  disfruto venir hasta acá y hacerlo yo mismo”, me dijo una vez, al inquirir en su peculiar y no muy común oferta.

Uno de los problemas asociados al elevado precio de cárnicos, viandas, frutas y vegetales en la Isla es el tema de los llamados intermediarios, personas naturales –generalmente- que buscan diferentes vías para comprar las producciones al campesino o cooperativista y, luego, los gastos de esas operaciones de transportación y  contratación de “terceros”, entre otros, tratan de recuperarlos con valores redimensionados sobre la mercancía.

Un asunto viejo, discutido y enrumbado por diferentes caminos en busca de un equilibrio justo, fundamentalmente para el consumidor que, por la abrupta ruptura económica aparejada a la desaparición de la Unión Soviética y el desenlace global de la década de los 90, se encontró cara a cara con un desafío imprevisto: el Período Especial.

La agricultura ante la falta de recursos e insumos, en paralelo con indisciplinas, malas gestiones administrativas, clima adverso y otros desaciertos, afectó seriamente su balance gestor y productivo. Desde entonces, sin embargo, la voluntad de producir alimentos estuvo presente en los planes, no solo para reducir importaciones, sino para levantar la economía nacional y sacarle provecho a la tierra.

Con altas y bajas, Cuba muestra resultados en varios renglones. El desarrollo del cultivo del arroz, es un ejemplo, pero todavía está lejos de alcanzar las cifras que satisfagan la demanda y propulsen a un descenso de los precios, con producciones eficientes en las ramas del sector agropecuario.

De aquí que las recientes transformaciones anunciadas a inicios de este mes, con miras a romper esquemas que frenan el despegue definitivo, encuentren apoyo en las fuerzas productivas y, por encima  de las expectativas de un cambio, representen pasos firmes para salir adelante.

En ese sentido, Ricardito considera “muy positivo” la igualdad de condiciones para el sector estatal y el privado, al autorizarse la venta a quien se estime (personas jurídicas o naturales), después de cumplir las obligaciones pactadas. Respecto a la comercialización de insumos, equipamientos y servicios especializados, este campesino tunero alegó:

“Pienso que la intensión del Estado de superar deficiencias y desigualdades en la asignación de recursos, se cumplirá. La gente del campo está contenta, pues cada quien podrá comprar según sus necesidades. Claro, ya se aclaró que los precios no tendrán subsidios y los productos estarán liberados, pero no es lo mismo si te asignan una cosa que tú no necesitas o no puedas tener la que hace falta.”

Con estos matices de opinión a favor de los cambios que llevan a vías de hecho los Lineamientos para la Política Económica y Social  de la Revolución, se mueve el campo cubano, donde se avizora la esperanza de alcanzar definitivamente el sendero de la eficiencia, para que los mercados agropecuarios estén llenos de esa diversidad alimentaria posible en Cuba, pues manos y tierras hay.