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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

Mi nieta Sheila y mi sobrino Kuisito, con sus infancias felices, humildes, la alegría y su amor familiar y social, son una muestra.

Nick Carlos acaba de nacer y sus manitas se mueven inquietas, mientras buscan los pechos de la madre para alimentarse. Es una imagen que solo cambia de nombre y de familia en las salas de maternidad de Cuba. Hoy sucede en el Hospital General Docente Ernesto Guevara de la Serna, de la ciudad de Las Tunas.  Ahorita, después, mañana y siempre, en cualquier lugar del archipiélago.

Hace solo un año y una semana José Juan Ortiz Brú, representante en Cuba del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), aseguró en La Habana que en más de tres décadas de trabajo, conoció a nivel teórico muchos proyectos y programas de desarrollo social, pero que en la Isla los ha vivido.

Para entonces – claro está – Nick Carlos no estaba todavía en ningún genoma humano tangible. Sin embargo, cientos de miles de niñas y niños cubanos disfrutaban de una infancia segura, en sus hogares y la sociedad, lejos de formar parte de esas interminables listas de muerte que estremecen al mundo y no dejan florecer la pueril inocencia de la vida. Su nombre, a partir de este 7 de junio, se suma a los cientos que ven la luz en los hospitales del país.

La lactancia materna permanente y exclusiva hasta los seis meses y un seguimiento constante en esas instalaciones del MINSAP, mientras dura el ingreso imprescindible, y luego a través de los Consultorios Médicos de la Familia en la comunidad (barrios), garantizan la baja tasa de mortalidad infantil que distingue a Cuba, comparable con la de naciones desarrolladas y de 4,6 fallecidos por cada mil nacidos vivos en 2012, inferior a la de Canadá (5) y Estados Unidos (7).

Este logro también resalta dentro del área de las Américas, donde los infantes cubanos marcan como los que menos fallecen, no solo al nacer, sino en los primeros cinco años de vida. El amor es un ingrediente clave, una fortaleza en el proceso de gestación, parto y nacimiento, ante la prioridad estatal y paterna concedida a la maternidad.

Todas esas actitudes en la Isla –institucionalizadas y protegidas debidamente por la Ley y el Código de la Niñez y la Juventud – condicionan un desarrollo integral y un estado saludable para las niñas y niños, quienes en el recién celebrado Día Mundial de la Infancia, por ejemplo, recibieron este reconocimiento con diferentes actividades desde las mismas escuelas, al tiempo que en comunidades y pueblos se llevaron a vías de hechos acciones encaminadas a su cultura y divertimento.

El homenaje a la niñez en Cuba es, al decir del buen cubano,  “de todos los días”. Se palpa en el acceso gratuito a la salud y la educación, en los programas priorizados donde son principales benefactores y protagonistas, en la protección legislativa y en esa verdad con hechos de un principio inviolable en la nación: Nada es más importante que la vida de un niño.

Quien viva en esta ínsula respira por doquier el significado de la afirmación del representante de la UNICEF. La felicidad de la infancia no es un proyecto. Es un testimonio vivo en quienes comienzan a lactar, dan sus primeros pasos, visten de uniforme y crecen sanos y salvos bajo la protección de un pueblo y un Estado que respeta y le concede sus derechos.