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“Aléjate de la sabiduría que no llora,
De la filosofía que no ríe,
Y de la grandeza que no se inclina ante los niños.”
Kahlil Gibran 

Por Graciela Guerrero Garay 

Hablar del estrés puede ser interminable y, tal vez, si alguien contara las veces que se repite esta palabra en el mundo, el resultado de la prueba  sea sorprendente. Es muy difícil vivir sin ese “bichito” silencioso, el cual desencadena tantas afectaciones orgánicas y trastornos como respuestas damos a emociones, estilos de vida y eventos extremos. 

Como un producto asociado al desarrollo y la modernidad – o por común –, la mayoría de las personas aceptan “vivir con estrés” sin calar a fondo sus consiguientes secuelas en el contexto individual, colectivo y social. 

En sondeos realizados, 26 Digital comprobó que, si bien los 20 lectores encuestados supieron definir el término o el estado anímico sintomático, solo seis se auto aplican técnicas para reducirlo, aún cuando especialistas de salud les indicaron las prescripciones clínicas correctas. 

La mitad de la muestra sentenció que “como está el mundo hoy y las situaciones que atravesamos, no vale la pena combatirlo”. Mientras, otras tres personas señalaron “es una moda y muchos, ante cualquier enfermedad, responsabilizan al estrés o a los nervios.” 

Criterios aparte, por ignorancia o resistencia a una enfermedad que involucra de manera global a los terrícolas,  instituciones científicas internacionales demostraron que el estrés afecta negativamente la función de la corteza prefrontal, una zona del cerebro encargada de acumular la memoria a corto plazo, cuyas señales se trasmiten a través del glutamato, el cual baja su nivel al estresarnos repetidamente. 

Un detallado estudio de la University College London Medical School puso de relieve que el estrés laboral duplica el riesgo de enfermedades. Los científicos británicos escogieron una muestra de más de mil trabajadores ingleses, con edades entre 35 y 55 y durante un período de 14 años, y concluyeron que existe una relación directa entre este tipo de estrés y el síndrome metabólico (SM), el cual conduce a su vez a la diabetes y problemas cardiovasculares. 

El SM es un cuadro clínico evidente cuando se manifiestan tres de los cinco factores de riesgo metabólico, la hipertensión arterial, diabetes tipo 2, incremento del nivel de triglicéridos (grasas sanguíneas), disminución del HDL- colesterol o lipoproteína de alta densidad (colesterol bueno), y obesidad central. 

La profunda investigación arrojó, igualmente, que el estrés laboral crónico no está relacionado con  el nivel de carga de trabajo, sino con la respuesta individual a esa cantidad de carga. Asimismo, determinaron que una exposición prolongada en ese sentido afecta el sistema nervioso, reduciendo la resistencia biológica y perturbando el balance fisiológico natural del organismo (homeostasis), más si el paciente mantiene una dieta pobre en consumo de frutas y vegetales, fuma, bebe excesivamente y no hace ejercicios físicos sistemáticos. 

De cualquier manera, para entendidos o no, es un hecho avalado por las ciencias el daño múltiple e irreversible que causa para muchos. Parece un milagro vivir sin estrés, pero proyectándonos con objetividad y equilibrio, trabajando de manera eficiente y eficaz, realizando ejercicios físicos, mirando los lados positivos de las cosas cotidianas, con un descanso adecuado y aprendiendo a decir NO, a lo que sabemos es imposible asumir, nos ayudamos a lidiar con este “bichito” destructor. 

La vida estresa, pero ese es un producto combatible y debe ser rechazado. Las técnicas existen. El problema no es el estrés, somos nosotros.