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Por Graciela Guerrero Garay

Negar la unidad latinoamericana que deja Hugo Chávez Frías, tras su doloroso deceso, es como admitir que la lluvia no existe. Siempre hay descreídos y oportunistas, coexistían con él y seguirán ahí hasta que se los lleve el diablo.

Sin embargo, objetar que jamás en la historia – al menos desde mi nacimiento- hubo tanto clamor de pueblo por un líder, sería la mayor irreverencia que ser humano alguno pudiera cometer, aún cuando el odio político le carcoma el hígado y las ambiciones personales estuvieran, incluso, por encima de su propia dignidad.

Con tanta evidencia junta, los apátridas siguen siendo los mismos. Y no me gustan los gerundios, pero es así: siguen siendo los mismos. La lava del imperio se calienta y la denuncia viril cae al lodo de las águilas despiertas.  Testimonio en pie lo dio Nicolás Maduro cuando el pasado día 14, en la IX Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN) 2013, en Caracas, dijo a la opinión pública que la ultraderecha nacional tenía planes contra el candidato presidencial opositor Henrique Capriles.

Y por esa democracia real característica de la Patria de Bolívar y Chávez, por los principios que la rigen, Maduro informaba también que el Gobierno pondría un dispositivo de seguridad para garantizarle la vida, tras relacionar la amenaza de atentado con el grupo de Roger Noriega y de Otto Reich, en los Estados Unidos.

La Agencia Venezolana de Noticias que difunde las declaraciones del presidente encargado pone al desnudo: “las conspiraciones que hay contra la paz y la estabilidad de la República”,  puntualizadas por Maduro.

En este entredós de desestabilizar la región por los enemigos comunes acuñados en USA, la Mayor de las Antillas tampoco escapa de los ataques mediáticos y de los enjuiciamientos. La prueba más loable es el caso de los CINCO, manipulado contra todos los preceptos del Derecho Internacional, sin pruebas contundentes que meriten las incongruentes condenas de las que son víctimas y, de remate, la aplicación de una libertad supervisada a René González, la cual le impide residir en Cuba.

Pudiera parecer que no existe relación alguna entre los hechos. A la postre, es más de lo mismo sobre América Latina y sus gobiernos socialistas, sus líderes de izquierda y de pueblo, al mirar a quienes tienen menos y necesitan de políticas inclusivas y prioridad social.

Maduro ha sido claro. El 14 de abril las elecciones en Venezuela serán en el marco constitucional y se le garantizará “la seguridad a todos los candidatos que aspiran a la Presidencia…”, como puntualizó en la noticia de marras.

Pero eso no basta, como tampoco las reiteradas denuncias y pruebas que pone Cuba sobre las amenazas y el ataque irracional del imperialismo, disfrazado en ONG y cualquier medio factible. Este viernes, Nicolás Maduro, vuelve a reclamar la paz en el Caracas de Chávez y de los venezolanos. A controlar la violencia que permeó las calles y el sector estudiantil.

El águila sobrevuela con la gente que jamás le gustó al gran poeta Mario Benedetti, ni le gusta a ningún hombre o mujer que galope con la justicia en la mano. No hay que buscar culpables. Están delatados por sí mismos.

La pluma del gran uruguayo vuelve a latir en el combate. Venezuela es Chávez, Maduro, Cuba, América. La gente que  sí  le gusta a Benedetti… que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace.