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Por Graciela Guerrero Garay

El Cuartel de la Montaña tiene un diamante. No hace falta pulirlo. Brilla por sí mismo, es auténtico. Universal. Su aura trae los colores de la bandera venezolana y el estampido de la historia de América Latina. Hay que darle gracias a Dios por su existencia.

Millones de su gente le juraron fidelidad con lágrimas y vítores. Ha sido el dolor más sano de este siglo y del milenio. Un talismán para todos los tiempos el nuevo Quijote de los latinoamericanos. Su brillo conquistó al planeta. Le rindieron honor, corazón fiero, profundo, más allá de todas las fronteras.  

El mundo se alumbra con su luz. El homenaje removió las cimientes de la parroquia 23 de Enero. El Comandante Hugo Rafael Chávez Frías llegó al santuario de los grandes. Sus restos están vivos. No era una utopía que la era está pariendo un nuevo sol. No recuerdo tanta fuerza en un hombre, ni vivo ni muerto. Un diamante en todos los conceptos de la letra y las imágenes.

No quedó rincón sin los ecos de su voz y las plegarias se multiplicaron por la tierra. Este viernes también fue viernes santo. Las multitudes taparon a Caracas, desde la Academia Militar en el Fuerte Tiuna hasta el Cuartel del 4 de Febrero. Hasta en la OEA su cuerpo tomó forma y fue un volcán de ideas encendido.

Hoy sábado debe estar allá en los Cerros de la Gloria, tejiendo mapas de victorias ciertas para los pobres y los que piden pan. Volverá. No se fue. Nace ahora mismo  en ese niño que jura su bandera. En el vuelo del cóndor, la niebla de la Patria grande. ¡Usted es un diamante de los buenos, Comandante! Esperamos su orden y el próximo combate.