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Cuaresma NO es dejar de comer carne.

Contra lo que gran número de católicos cómodamente creemos, la cuaresma es algo mucho más serio que todo esto.

Cuaresma es dejar de “comer prójimo”  en nuestras conversaciones. Es dejar de “mordernos los unos a los otros” en nuestras relaciones conyugales, familiares, laborales.

Es, en una palabra, “arrepentirnos” con hechos, de nuestro enorme egoísmo, de nuestra falta de amor y respeto por los demás y “creer en el evangelio”, que significa esforzarnos por ajustar nuestra vida diaria a los criterios, enseñanza y ejemplos de Cristo.

                                                                                                            (Tomado de MISAL, Ciclo C 2010)

 

Por Graciela Guerrero Garay

Para quienes no quieren ni pueden vivir a espaldas del mundo, este mes de marzo les cae con un jirón de emociones, unas punzantemente tristes y otras llenas de expectativas y esperanzas, como la elección del nuevo Papa, Jorge Mario Bergoglio, cuyo nombramiento movió a millones de personas en el planeta y a la compacta multitud que esperaba la noticia en la Plaza de San Pedro, en la ciudad del Vaticano.

Al margen de creencias, vaticinios a priori, benefactores y puntillazos a la novedad, el saber que por primera vez en la historia un latinoamericano ocupa el cargo de jefe del Gobierno en el Vaticano es una relevancia, cuando la izquierda en América Latina se ha empeñado en mirar, a pulmón y sangre, a los que elevan sus manos al cielo y claman a Dios para que les ayude en darles un pedazo de pan a sus hijos y, en misericordia, esperar por el milagro de multiplicar los peces.

Otra vez la fe cristiana pone a prueba la voluntad de los hombres para que la palabra no se la lleve el viento y el espíritu justiciero del Creador abra luz en el horizonte, donde esperan respuesta millones de mujeres excluidas de los procesos sociales, humilladas bajo el pie del poder marital o la globalización de los designios políticos o religiosos.

Un espacio manchado hasta hoy por la fosforescencia de las bombas, los aullidos de muerte y la avaricia de los dueños de la hegemonía militar y neoliberal de este mundo. Allí, en el vía crucis  de la desigualdad humana, en la cual se ahoga el llanto de los niños y niñas desnutridos, marcados por el SIDA y el cáncer, el comercio sexual y la negación de sus legítimos derechos.

Muchos cristianos piensan que la historia de Francisco I debe borrar estas penurias, en lo que conciben un cambio no solo estructural de la iglesia católica – cuestionada por los llamados documentos papales Vatileaks – sino en la esencia de hacer valer sus postulados en la tierra como “sacramento...un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo género humano”.

Para otros, los más conservadores, la expectativa tras la elección del Santo Pontífice sigue viva y se aferran a compararlo con Obama quien, salvo algunas pinceladas con desgastado colorete, mantiene las políticas imperiales en pie y poco ha resuelto de sus promesas electorales, en medio de una crisis económica que para muchos analistas es irreversible en Estados Unidos.

De cualquier manera, la certeza del Habemus Papam está aquí, apenas comienza y quizás sea muy atrevido llenar de cuestionamiento su incipiente mandato a los ojos de Dios y de los hombres. Pensemos en que sabrá “tener el coraje de caminar con la Cruz del Señor y edificar la Iglesia sobre la sangre de Cristo y de confesar la única gloria: Cristo crucificado”, tal como dijo en su primera misa en la Capilla Sixtina ante los cardenales que lo nombraron.

Los pobres del mundo son los siervos más venerados por Jesús. Ellos confían en su espíritu. Ojalá, más temprano que tarde, se unan todas las voces y resucite para siempre el Aleluya del Padre Nuestro Latinoamericano. Quizás, entonces, estos jirones de marzo del siglo XXI sean hechos válidamente ciertos y no quemaduras en la piel de la esperanza.