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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: Norge Santiesteban Vidal

Volví a revivir ese gozo de amor que ilumina los ojos cuando, sin fronteras y muy hondo, se entrega un sentimiento humano. No había un par de esas jóvenes ventanas con que se toca al mundo que no llevara, en el iris, la chispa de la fuerza y el halo de la honestidad. Eran miles de adolescentes cubanos, tuneros, para ser más específicos, los que se unieron meses atrás en una pintada por los CINCO.

Según las reglas del periodismo, la noticia es fiambre. Pero no, un hecho tan así de justo y natural siempre es noticia, porque se multiplica en otras que, desde locaciones distintas, destilan la misma esencia. Y esto sucede cuando de reclamar JUSTICIA por Gerardo, Antonio, Ramón, Fernando y René se trata. El amor revive una y otra vez en cada acción, aún cuando sean diferentes los protagonistas y los sitios.

Lo cierto es que este día de enero me crucé, bien temprano en la mañana, con un escolar de primer grado de la escuela primaria Alcides Pino. Daba la mano derecha a su papá y, en la otra, llevaba una cartulina blanca con unas pequeñas manitas pintadas. No pude contar bien por la prisa en el camino, pero eran como 12. En el centro, el dibujo tenía una bandera cubana con los rostros de estos hermanos  cubanos injustamente condenados y prisioneros en cárceles de Estados Unidos.

Era casi anormal no percatarse del hecho. Apretaba tanto aquel blanco papel con las incrustaciones de acuarelas, que el padre le alertaba de que podía romperlo. Y fue entonces cuando escuché su voz tierna ripostarle: Yo quiero regalarle a Martí mi pintada. Tú no me llevaste a la Plaza cuando Mita fue. Y ella no me presta el suyo. Ahora se lo voy a dar a la Maestra para que…

No pude escuchar más ni podía detenerlos. Apuraron el paso para llegar a tiempo a la escuela. Seguí mi camino, revoloteando en mi mente aquella multitud de muchachas y muchachos de todos los centros de la Enseñanza Media que en la primera semana de noviembre último, en la Plaza de la Revolución Mayor General Vicente  García, en esta misma ciudad,  bañaron sus manos en tinta y pintura para solidarizarse con la causa de los antiterroristas cubanos y exigir su regreso a la Patria.

Carteles enormes, lindos, con palomas y cantos de libertad y amor, estaban por todos lados de la enorme y bella Plaza. Las diestras se veían más bellas con la amalgama de colores. Doy por hecho que la hermana de este niño estaba allí. Y él, ahora, por estos días en que se rinde homenaje  a José Martí, quiere llevarle sus manitas fértiles al Apóstol con la imagen de estos patriotas que, como el más universal de los cubanos, defendieron a todo riesgo la paz y la soberanía de Cuba y del pueblo estadounidense.

Es la fuerza del sentimiento y la justicia que, pura y libre, salta de corazón a corazón, redimensiona su amor y vuela más allá del Mar Caribe. No por gusto todos los días de este mundo, en cualquier geografía, se suman millones de personas a la noble campaña del indulto por los CINCO. Barack Obama lo sabe y algo debe de hacer por su honra y la de su país.

Toda la verdad está dicha y demostrada.  Gestos como el de este niño cubano no brotan sino encierran en sí una razón convencida y leal, inherente de manera natural a la infancia. Gerardo, Antonio, Ramón y Fernando siguen prisioneros, tras la reja. René cumplió su condena, pero continúa retenido. No puede volver a Cuba por estar obligado a cumplir una libertad supervisada en esas mismas tierras que encarcelaron, junto a sus hermanos de ideas y vocación, más que sus cuerpos, los derechos a la paz que tienen los habitantes de la tierra.