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Por Graciela Guerrero Garay

Un minucioso cuidado y selección de las especies de la flora y la fauna autóctona cubana en peligro de extinción ocupa las prioridades de las políticas ambientalistas en la Isla, donde los conocidos Jardines Botánicos territoriales llevan un destacado peso y sostenido trabajo para contrarrestar las amenazas naturales del cambio climático y los embates irracionales que, en determinados momentos, pudieron recibir de sus depredadores.

Cada provincia, con sus características propias, resguarda los ejemplares con riesgo de fenecer tal como acontece en esta oriental región de Las Tunas con la reproducción del manajú, un árbol endémico de Cuba y tradicionalmente utilizado para enfermedades como el asma, la broncoestasia y el enfisema pulmonar, al tiempo que alivia el reuma, la artrosis y el tétano, elimina granos y forúnculos en la piel y es un eficaz laxante y antihemorrágico.

Esas amplias propiedades medicinales convierten a la Rheedia aristata – nombre científico-  en una planta de interés popular e institucional, razón por la cual en el Jardín Botánico tunero se prioriza su siembra en viveros, para luego trasplantar los retoños a zonas donde puedan crecer de manera silvestre y multiplicarse.

Hasta la fecha, la institución cuenta con varios árboles  adultos y medianos de este género, que crece generalmente en las márgenes de los ríos y áreas húmedas y alcanza una altura entre los 10 y 15 metros.

Salvar la flora y la fauna endémica del archipiélago no es una meta en Cuba, sino una proyección real y coherente de atención social y estatal, a la cual se integra con igual fuerza el rescate de los bosques y la biodiversidad.