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Por Graciela Guerrero Garay

El trillado tema de la atención al consumidor, sobre todo en la red gastronómica, puede “oler” a  pólvora mojada para  un gran número de lectores, a fuerza de traerlo y llevarlo sin notar, en muchos casos, un cambio radical en la manera de conceptualizar la esencia real de un buen servicio.

Hay reglas y reglas, pero la exquisitez como respeto auténtico al que paga -la más de las veces bien caro- poco asoma, incluso en aquellos centros donde la categoría 3, 4 y 5 estrellas te regalan, al final, por la falta de detalles, un lucero sin luz. Ahora, cuando un nuevo decreto permitirá el alquiler de las cafeterías, veremos qué pasa.

No quiero abordar el asunto en el sector estatal, el cual está bajo un proceso de cambios  y es justo dar el necesario tiempo para valorar qué funciona o no con eficacia. Lo inquietante es observar en el trabajo por cuenta propia la marca y el contagio de esta vieja epidemia.

Un recorrido por algunos puntos de la ciudad acuña la “contaminación” con los malos vicios que siempre laceraron la imagen corporativa de la Gastronomía Popular, y donde “Liborio” paga la desatención, la mala calidad de los alimentos elaborados y hasta la indiferencia de los expendedores  cuando algún presunto usuario se arrima al mostrador.

Vale reflexionar sobre esta negativa tendencia en una actividad que llegó para quedarse y es una de los puntales del despegue de la economía nacional y local, a la vez que simula ser imprescindible en la alimentación alternativa del pueblo.

El tanteo arroja la ausencia, en la mayoría, de esa gentileza del buen comerciante que atrapa al cliente con una sonrisa en ojos y labios, saluda, invita e intenta “agarrarte” entre  trucos propios de un negocio donde él, sin dudas, se lleva el gato al agua. Por demás, en muy escasos lugares envuelven los alimentos, incluso cuando no serán consumidos al momento.

Hay descuido en la protección de los productos fundamentalmente  en los puntos donde se expenden cárnicos. La carne de cerdo o los chorizos, por ejemplo, están colgados a la intemperie desde que abren las ventas hasta el cierre y el banquete es para moscas, polvo y cuantas bacterias graviten en el ambiente. Con la higiene de las pesas sucede lo mismo. En el plato cabe todo.

Con los vendedores ambulantes -legales e ilegales-  acontece que se detienen lo mismo a pocos pasos de un charco de agua pestilente -abundantes a pesar de la sequía-, o en un sitio donde la falta de salubridad es innegable.

Si vamos a los precios y al hecho de que  te hacen creer que en el mismo jarro de aluminio cabe y pesa igual una libra de tomate y otra de chicharrones, entonces el consumidor (léase nosotros) debe aceptar por decreto ser un rey Midas con guatacas de burro o que en materia de derechos jamás existió su figura jurídica. Esto, en la mejor de las lecturas porque a la falta de respeto le viene de perilla el más triste y bochornoso enjuiciamiento.

El pueblo trabajador  después de sacar las cuentas y “resolver” las ecuaciones, es víctima y victimario entre ese otro lleva y trae de razones, argumentos, justificaciones, intereses, objetividades y procederes subjetivos y epidérmicos traídos al ruedo con la ley de la oferta y la demanda; a la espera de si la Agricultura levanta y abastece para que desaparezcan los intermediarios y el asunto de los impuestos altos, acompañado del discurso la cosa está mala y para que exista ganancia…

¿A dónde vamos a parar?, creo que debe ser  lo que nos preguntemos todos, pues de una manera u otra somos el songoro cosongo de mamey que ilustró en su poesía nuestro inmortal Nicolás Guillén. Palabras sobran, los hechos están. El consumidor siempre paga, pero no exactamente la mercancía, sino el adulterado adulterio que la envuelve. Y aquí sí hay papel y tela hasta para llevar.