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Por Graciela Guerrero Garay

Hay palabras que no testifican ni ilustran el valor de los hechos ni las sensaciones que experimenta el hombre en determinados momentos. Quizás, por eso, cuando me encuentro cada día con esos cientos de médicos, enfermeras, técnicos, estomatólogos y todo el enorme centenar de personas que trabajan en los hospitales, policlínicos, consultorios médicos, cuerpos de urgencia… siento que llevan en sus ojos la felicidad de millones de seres humanos o la triste impotencia de un lágrima que le cuajó la muerte, burlando el más grande y el mejor de los esfuerzos.

Son tantas las gotas de amor y sudor que mezclan cada minuto de ejercicio los profesionales de la Salud en Cuba que, sin egolatría, parece una injusticia que el 3 de Diciembre sea solo la fecha que les reconozca tanto y todo. Hay ética, humanismo, desprendimiento, sacrificio, riesgo, insomnio, perseverancia. Están aquí, allá en el África, por toda América. Por llanos, montañas, casas de campañas, aldeas… entre epidemias, geografías desconocidas, en lugares imposibles y enfrentando, a veces, lo que parece irracional al corazón y los sentidos.

Por eso hoy, ahora mismo, es mucho más que una efeméride. Es el mérito al valor de la medicina cubana, su arraigo internacionalista, su dimensión humanista y popular. Es la convergencia pura de generaciones de hombres y mujeres decididos a estar más allá de las tormentas de luto excavando por la vida.

Dentro y fuera de la Patria son tan extraordinariamente especiales para el amor y los actos heroicos que yo, con todas las vivencias humanas que guardan mis agendas,  no encuentro verdaderamente una medalla que los aquilate. Prefiero, entonces, dejarles en la solapa de sus blancas batas una rosa roja, símbolo de esa mezcla enorme de gratitud que nos llevamos, muchas veces en el silencio  o un recuerdo infinito, quienes en un instante cualquiera vamos allí, donde ellos, a buscar la luz que se nos oscureció en el cuerpo y nos enferma el alma.