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Por Graciela Guerrero Garay

Para hacer sexo solo hace falta deseo. Esa pasión divinamente fatal que nos arrastra como tirados de una cuerda, sin piedad, sin raciocinio, sin mirar más allá…

Todo va a la ruleta. Todo. Unos glúteos exuberantes, unos senos puntiagudos y unos ojos endemoniadamente lujuriosos. El día de la semana no importa. Si vamos de prisa, cierto pegamento mágico se adhiere a los zapatos y obliga a detenernos.

Ella también es vulnerable. No puede ignorar la mirada que la desnuda sin pedirle permiso. Acepta. Hay algo que la llama en ese rostro masculino que huele a loción de afeitar…  y baila, baila… sonríe a los piropos…ya no tiene sentidos. Su cabeza da vueltas y el fuego le llena de cosquillas el ombligo.

Retazos de amor. Disfrazados. Cosas del destino. Número y género perfectos. Tú, yo, él y ella. Nosotros, vosotros, vosotras. El mar. El bar. Un hotel. La calle. Encuentro fortuito. Un evento. Ahora.

Después…

No soy un Casanova ni un Juan Tenorio, pero la chica está ahí, diciendo sin decir, a esa mezcla de palabras mudas y gestos parlantes que le trasmito. Y de pronto, me convierto en el Caballero de París o el último romántico. El poeta de la luna, también como un milagro, me pone a flor de labios el verso más caliente. Esta mujer es mía, me dice una vocecilla interna una y otra vez dentro de la cabeza.

Los bolsillos me pinchan, como alertando que apenas tengo los billetes del impuesto y la mesada del niño, quien la espera impaciente. Ah, no… esta mujer es mía. Y me veo con una rosa roja en las manos, pagada casi al doble a la florista de la esquina.  Cinco horas después su cuerpo sudoroso descansa sobre mi pecho y las sábanas duermen descuidadas por el piso. Tocan a la puerta de la habitación. El barman trae las copas y el vino. Maldigo a los que inventaron el reloj y los celulares. ¿Quién dijo que el paraíso está en el cielo?

Acabó. La tormenta…ahora viene la nieve y tiñe de hielo movedizo el lugar, el tiempo, la memoria. ¿Nos volvemos a ver? Y mi hilillo de voz sucumbe entre los altoparlantes de una ciudad revuelta por el tráfico y la gente que camina sin rumbo, como robots programados para la rutina de la desesperanza. ¿Qué me dejas a cambio? Su sensualidad me eriza. Vamos al cajero de la esquina.  Sonríe y sus tibias manos me aprietan el anular. Te cogieron el anillo, se burla la vocecita interna. El celular, localízame por  el celular.

Algo no anda bien en mí. Hace tres meses que el pene se me inflama y me arde al orinar.   Tengo que citar una consulta. Menos mal que pagué el seguro médico y la María viajó a la casa de su madre con el niño. Qué mujer… qué clase de mujer aquella.  Creo que es la gripa. Me duele mucho la cabeza y el cuerpo.  Tengo miedo.

Apago la tele. Voy a la cita con mi médico y debo cumplir una agenda apretada de trabajo. María y el niño regresan mañana. No se me quita de la mente esa muchacha. Debo encontrarla, pero ni se su nombre. Todo fue tan rápido y tan especial. Me llamará, estoy seguro. Ay, qué mujer. Ya empezó a dolerme la cabeza y esa maldita vocecita….

Venga la semana que viene, para ver los resultados de los exámenes. El doctor tan amable como siempre, pero me dejó bien pelado esta consulta. Liquidaré el seguro y los impuestos más tarde. Debo pasar  a comprar las previsiones. No se me quita este cansancio y la cabeza me da vueltas.

MONOLOGO MORTAL

¿La serología reactiva, qué significa, doctor? Tienes alguna infección de trasmisión sexual, debemos realizarte otras pruebas especiales. Hay que definir el diagnóstico. ¿Cómo le digo a María? Estoy perdido. Y ella, dónde estará ahora. Volveré al hotel donde nos encontramos. Ingenuo, te atraparon. Maldita vocecita…¡¡¡¡Cállate, ya no aguanto más!!!! Esto no puede estar sucediéndome. Era bella, irresistiblemente sexy…parecía tan sana. No, este médico quiere seguir robándome el dinero. Yo no puedo estar enfermo. Noooo, dios mío. No.

EPÍLOGO

Estos pueden ser fragmentos de un capítulo de una de mis novelas inéditas o el testimonio confidencial de los muchos que tenemos los periodistas en la agenda. Eso no es lo más importante. Lo esencial es invisible a los ojos y tiene cuatro letras. Unas siglas que este primero de diciembre, Día Mundial de Respuesta al VIH/SIDA, puede estar “casando” al hombre de esta historia o a una mujer que, poseída por los mismos demonios de una atracción fatal, se desdobla en los brazos de un galán de noche.

Es el veneno sin antídoto que seduce y mata en unas horas de aventuras y el minutero de un reloj bajo el goce pleno de un coito impensado. En el mundo hay alrededor de 34 millones de personas que lo tienen, incluidos 390 mil niños. En el 2010 murieron 1,8 millones y se detectaron 2,7 millones de nuevas infecciones.

Prevenir con el uso del preservativo es multiplicar por un número infinito su paz interior y la salud. Amarse así mismo es amar a los demás. La cadena del SIDA tiene freno.