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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando hace menos de un mes se anunciaron las reformas a la política migratoria en Cuba enseguida aparecieron muchos escépticos que intentaron, sin estudiarla siquiera, buscarle la quinta pata al gato.  A fuerza de defender la verdad, los que yo llamó “criticones de orilla” venían de adentro y allende los mares.

Por suerte, son más quienes aplauden la integralidad y justicia que encierran las modificaciones y agradecen esta mirada realista y previsora, en un tema que por años recibía estampidas telúricas interna y externamente. Y sucedió en el momento exacto, acorde a las transformaciones que acontecen en un pueblo decidido a cambiar todo lo que debe ser cambiado, como enuncia claramente el concepto de Revolución emitido por Fidel Castro el primero de mayo del 2000.

No es de extrañar tampoco que el asunto no pierda prominencia entre los enemigos y detractores del proyecto socialista en la Isla,  a la que no reconocen sus sólidos avances y nada de lo que hace es bueno ni se acepta sin la malsana intención de encontrarle o añadirle un escenario distorsionado de la realidad.

Como Ley soberana, factible y propia de un país que cada día encuentra sus raíces y se proyecta bajo el prisma de mejorar la sociedad y su sistema político, e incluye sin marginación a todos sus nacionales, no creo que haya que dedicarle más cuartillas de las gastadas desde su anuncio hasta hoy, sea para enjuiciarla en bien o buscarle posibles fisuras.

Lo importante es no dejarse confundir por los apátridas o los que todavía, con razones cada vez más vulnerables y débiles, se aferran a defender políticas excluyentes, manipulan los conceptos migratorios y pretenden continuar el aliento nauseabundo de las campañas mediáticas.

Ahora pueden viajar todos los cubanos. Unos más tarde, otros a priori, cada quien según sus intereses y posibilidades reales, individuales y sociales. ¿Qué sentido tiene, pues, que los Estados Unidos y su envejecida contrarrevolución del sur de Florida sigan en la misma fuente, con los mismos cántaros? Ninguno, a no ser el de siempre: remolcarse en cualquier puerto para atacar la Revolución y alimentar resentimientos en aquellos que viven a la cobija de un falso comportamiento patrio y se llenan los bolsillos a cambio.

Ileana Sorolla, especialista del Centro de Estudios de las Migraciones Internacionales, en el esperado programa televisivo Mesa Redonda hizo notar, este fin de semana último, que históricamente el proceso migratorio cubano se ha sobredimensionado y politizado, cuando en realidad la isla comparte las mismas tendencias del resto de los países migrantes de la región. “Ocupamos el cuarto lugar entre las naciones latinoamericanas emisoras de emigrantes y el puesto 22 a escala mundial”, dijo al respecto.

Esta afirmación apuntala una verdad irrebatible sin tener que buscar en los archivos del diferendo Cuba- USA. El doctor Antonio Aja Díaz, del Centro de Estudios de la Migración Internacional, en el año 2000 en su investigación “El caso Cuba en el contexto inmigratorio de Estados Unidos” afirma que “antes de la colonización, existían vínculos entre la Isla y la población del sur de la Florida”.

“A partir de 1820 la presencia cubana es de más de 1000 personas. En 1870 el monto de cubanos inmigrantes se incrementa a casi 12 000, de los cuales cerca de 4 500 residían en New York, unos 3 000 New Orleans y 2 000 en Cayo Hueso”, apunta Aja Díaz. Por lo que se demuestra que el manido argumento de que los cubanos huyen de la dictadura de los Castros, cacareado por los voceros mafiosos de Miami no es tan redondo como lo pintan allí.

Desde entonces el factor económico marcó – como marca en el resto del planeta- los flujos migratorios,  sin descantar, como es lógico, que existan quienes abandonen el país por sus convicciones ideológicas, hecho que también forma parte de los procederes de millones de personas en el mundo.

Empero, los cubanos se catalizan de otra forma. ¿Por qué USA no aplica los pies mojados a los millones de haitianos que salen a buscar futuro en las otroras 13 colonias norteamericanas? ¿Por qué no convidan a los canales de televisión a los demás hispanos que llegan tras el sueño americano? Las respuestas se saben de memoria. Ni aún, las bien pagadas mentiras de la propaganda anticubana la pueden esconder.

Vale, entonces, que Cuba denuncie una vez más al mundo este asedio constante y “en crescendo”  sobre cada acción que realiza para acercarse a sus hijos, estén donde estén. Es la replica también un derecho soberano que le pertenece en su esforzado camino por consumar sus metas. Las puertas están abiertas, con todo el poder legal que necesitan. Veremos ahora quién esconde la quinta pata del gato.

Los cubanos sabemos amar y trabajar duro por lo que sentimos. A los que abren cajas de Pandoras y hacen de payasos se le caen, día a día, los cañones. Esta Isla no se detendrá en su batalla de emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos. Este principio revolucionario de Fidel enorgullece y mueve al archipiélago. No estamos dormidos, cambiamos, con todos y para el bien de todos.