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Por Graciela Guerrero Garay

El terrorismo puede ser un tema exclusivo – o al menos simularlo o creerlo la gente- de políticos y mandatarios. Muchos, quizás, no importan donde vivan, creen que este álgido asunto no les compete. Y si escuchan o leen las denuncias de Cuba, por ejemplo, las subestiman o apenas sienten un leve roce en la piel o los sentidos.

Sin embargo, cuando los cubanos ponemos cuanta energía existe para rechazar la inclusión de la Isla en la lista negra que hace Estados Unidos sobre las naciones terroristas, vuelve a temblar la injusticia, como vibran ahora en la memoria los horrores del cruel atentado del 6 de octubre de 1976 a un vuelo de Cubana de Aviación en las costas de Barbados, y en el que perdieron la vida los 73 pasajeros a bordo.

Ese terrorismo desgarrante, impúdico y vil del que Cuba es victima se lleva en el corazón como una cruz, y su gestor, la mano que lo alimenta y apaña, es la CIA y el gobierno de la Casa Blanca, que una vez más, el pasado 31 de Julio, anotó a esta nación en su memorándum unilateral de los Estados Patrocinadores del Terrorismo Internacional. Absurdo, imperial, abominable. Solo así se concibe tal hecho y tal liberalismo inmoral.

Someter a los cubanos a sus desmanes de ambición hegemónica  y sostener el cruel bloqueo económico, financiero y comercial que condenan millones en el mundo y mantienen contra la voluntad de casi todo el planeta, solo puede ser la razón de incluir a la Isla en su lista negra. Argumentos, razones, verdad y decoro no tienen para ello y causas mucho menos. El mundo sabe que si hay una nación solidaria y amiga, humilde y viril es Cuba, aún cuando su agenda esté llena de problemas y se haga malabares para multiplicar panes y peces.

Octubre es una muestra. Desde 1976 el dolor revive. Las muertes injustas, inexplicables, de tantos cubanos, sobre todo esas vidas cegadas por el terrorismo americano de los 24 jóvenes del Equipo  Juvenil de Esgrima que habían ganado todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe, son armas puras que empuñan el rechazo de este país a la decisión de los Estados Unidos.

El terrorismo de la CIA y de la Casa Blanca no es un asunto exclusivo de quienes sostienen los destinos de nuestros países en este desordenado y difícil siglo XXI. Todos, como seres vivientes que somos de este revuelto mundo, podemos ser víctimas. Casos como el del italiano Fabio Di Celmo lo demuestran. Basta estar, en cualquier misión personal y cotidiana, en el lugar que el águila imperial haya decidido clavar sus uñas.

Los 3 mil 478 cubanos muertos y los 2 mil 099 discapacitados que tienen sus tumbas y sus visibles cicatrices en esta Isla serán testigos, para siempre, de esta farsa del gobierno de Estados Unidos. Otra vez, etiquetan a Cuba y no tienen la vergüenza civil de ponerse a la cabeza de su lista. No hay moral, pero cuando se trata del imperialismo yanqui nada sorprende.

Un día, más temprano que tarde, quienes no calan hoy esta verdad se sentirán deslumbrados. Condenar el terrorismo de Estado no es tema de políticos. Es, lamentablemente,  un azote que nos persigue a todos. No importa donde estemos. Contará siempre el lugar en que decidan ellos poner la siguiente bomba. Cuba da fe con sangre de su sangre. Y jamás ha sido ni será un país que alienta el terrorismo.