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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

El almanaque de la pared tiene circulado el 8 de octubre. Maikel, mi vecino, tiene el cuarto convertido en un cuadrado taller de pintura. Huele a lienzo viejo, acetato, diluyente… No tiene reloj. El tiempo para él es la eternidad de sus manos y sus pinceles.

Octubre le arranca, año por año, una nueva mascarilla de cera o acrílico. Nació para eso, para dejar sus huellas dactilares sobre la acuarela o el creyón. El octavo día es como un santuario, propio, sin regulaciones ni órdenes. Ernesto Guevara de la Serna, el Che, es un amuleto que le arranca los sueños de sus madrugadas. Siempre, desde que dejó que su “don” flotara entre sus manos, lo pinta.

Los días nos acercan a esa fecha que tanto desgarró las almas de este mundo. La muerte del guerrillero, en Bolivia. Ya este joven tunero, como millones de cubanos, empieza a pensar como recordarle. Es un cubano héroe, que jamás se fue. Su carta de despedida, enviada al histórico Comandante Fidel Castro, el líder de la Revolución Cubana que acompañó hasta sus últimas consecuencias, la saben de memoria generaciones y generaciones. Nunca deja de conmover su voz, el mensaje… ese sentimiento único que hizo de la Isla su segunda Patria.

Falta menos de un mes para que nuevamente renazca la historia, corra la noticia y cabalgue la nostalgia. El esbozo de Maikel sobre el lienzo y la cartulina, ahí, con su boina y su estrella, su tabaco y sus ojos, me hizo buscar un poema de Julio Cortázar. Y encontré más.

Ahora, cuando los cubanos – como millones en este planeta azul- le rendirán homenaje y apostarán por sus sueños, ese fatídico 8 de octubre no me parece tanto. Nuca se fue y  es más nuestro. Entonces, vale que me atreva a ser de todos, lo que escribió este poeta para el Che. O quizás para nosotros, porque también Guevara es nosotros.  

Che

Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

En una carta que también escribiera desde París, el 29 de octubre de 1967, a Roberto Fernández Retamar, Cortázar avalaba esa consternación enorme que volvió a las voces temblorosas cuando se supo la desgracia. La misma de hoy, porque todavía no aceptamos que se ha ido, si es que se fue.

Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti...  (Fragmento)

Maikel acaba de trazarle definitivamente el contorno del rostro. El guerrillero argentino, el revolucionario, el que no han podido matar los años ni las desmemorias está aquí, en el lienzo de un joven tunero, como está allí, para siempre, en el Mausoleo de Santa Clara – la ciudad donde ganó una de sus miles batallas por su Cuba libre –. Y estará allá, donde cabalgue un sueño, un gesto y una palabra que indique la perpetuidad de la virtud y el sentido de un hombre.