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Por Graciela Guerrero Garay

Otra primavera de mayo trae tu día de vuelta. Los recuerdos pueden golpear las memorias del desencuentro y las flores te hablarán de añoranzas eternas. Al final, una sonrisa llega húmeda a los labios. ¡Estás siempre! No importa cuanto tiempo ni la espera.

Ahora tomo tus manos surcadas por el agrio aliento de la vida. Siento el olor a tierra fresca que traías en el cuerpo después de la cosecha. El pañuelo sudado. El parto de una jornada épica sin quejas. Solo un mudo gesto, con las manos en la cintura, sobre inclinada en la puntilla de los pies. Nunca decías si alguna cosa magullaba tus órganos.

Ese amor inagotable que unía el sol y la luna. La luna y el sol. Mimos y regaños justos, oportunos. Los más, incomprensibles hasta que empecé a llegarte a los hombros. Siempre altos, inalcanzables, inmedibles. Peldaños fuertes que te impulsan hasta tocar el cielo. Un beso. Un abrazo.

Las enseñanzas tiernas. Las horas de compartir el lápiz y la libreta. Las calenturas. Tristezas y alegrías. Todo. Desde el primer momento en que caí en el vientre y empecé a inquietarte. El ejemplo. Las batallas cotidianas. Suaves empujones para llegar más lejos.

Cada minuto, Mamá. Huella perenne. Magia para comprender y perdonar. Seguir amando sobre la tozudez de los caprichos y las desobediencias. Brazos abiertos en las distancias y las cercanías. Vivo alimento en cualquier trinchera, al margen de los riesgos y las dificultades.

Felicidades, este segundo domingo del mes de las flores. Se que no te importan los regalos. Para ti, que llevas el don de perpetuar el sacrificio y los amores, lo que multiplica la fortaleza de tus pies cansados o dispuestos, es saber que la virtud es la corona que reina en tus entornos. Paz. Ternura. Comprensión. Apoyo.

Toma, pues, el trofeo que mereces. Siempre, estés donde estés, joven o anciana, presente o ausente, eres la divina luz de todos los caminos, Mamá.