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Por Graciela Guerrero Garay

El amor a la Virgen de la Caridad del Cobre le viene a los cubanos desde siglos y es muy extraño que un creyente no lleve su imagen, como un dije o medalla, en su cadena. Lo mismo sucede con el crucifijo, las estampas o las manillas y collares que, los practicantes de la Santería en cualquiera de sus manifestaciones, llevan a la vista de todos.

Es decir, y a pesar de las complejas y variadas influencias que desde los aborígenes fueron conformando los credos en la Isla, según su propia historia de colonización y luchas sociales, los cubanos jamás han disimulado sus creencias y el santuario de la Virgen de la Caridad, enclavado en el pueblito de El Cobre en Santiago de Cuba, es recinto milenario de esta fe a la Santa Patrona y recorrerlo, amén de la cultura religiosa y la cubanìa que desprende, es notar la devoción y confianza que en sus milagros tiene el pueblo.

Allí hay todo tipo de promesas, de todo tipo de personas, tanto nacionales como extranjeras. Todo ello pervive mucho antes de ser coronada en 1998 por el Papa Juan Pablo II, y que el Año Jubilar coincida con la visita de Benedicto XVI multiplica las emociones y el apego cristiano de los cubanos a la también conocida como Virgen Mambisa, cuya imagen recientemente recorrió el país y fue seguida por millones de cubanos.

La tradición católica y popular cuenta que en 1612 fue encontrada por tres mineros que estaban azotados por una tormenta en medio del mar, cerca de la bahía  de Nipe,  y pidiendo socorro para salvar sus vidas, se le presentó la imagen  flotando en las turbulentas olas con la inscripción “Yo soy la Virgen de la Caridad”. Eran dos hermanos indios, Juan y Rodrigo de Hoyos, y el negro esclavo Juan Moreno.

Cuentan que ellos la recogieron y la trasladaron al hato de Barajagua, hasta que se le hizo su altar definitivo en el poblado de El Cobre, donde es declarada Patrona de los Cubanos en 1916 y coronada en 1936, para quedar para siempre como nexo irrevocable de añoranza espiritual en creyentes y no, pues documentos (Autos primeros) de comienzos del siglo XVII lo testificaron, así como los Segundos en 1688 y los manuscritos del primer capellán del santuario, Onofre de Fonseca, en 1701, e impresos en 1830 por el capellán Alejandro Paz. 

Esta confianza y devoción marca los anales de la independencia de Cuba y la Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, de quien el propio Juan Moreno, en 1687, dio fe del milagro y contribuyó que esta pasión  formara parte imborrable en el corazón de los cubanos y en los cultos marianos, recogidos en el Archivo General de Indias por el historiador Levì Marrero.

Su significado en la nacionalidad y el patriotismo de todas las generaciones  desde entonces se corrobora al ser considerada como una mambisa más en las guerras de la independencia, de tal manera que la historia recoge que el 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes forma la bandera con una muceta roja de abogado, un pedazo de tela blanca del vestido de su esposa y el manto azul de la Virgen de la Caridad, que tenía en una urna y con la cual enarboló su grito de ¡Viva Cuba Libre!

Hoy, celebrar junto al Papa Benedicto XVI los 400 años de este hallazgo que distingue la identidad y la fe cristiana y los valores patrióticos –religiosos – culturales de la nación  es para el pueblo cubano un alto honor, y la síntesis de las continuas batallas para defender su soberanía y el pensamiento de ilustres hijos, que la llevaron – como la llevamos ahora – junto al corazón.