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Por Graciela Guerrero Garay

Al Jefe del Vaticano, Benedicto XVI, que escogió la visita a Cuba, junto a México, como parte de su recorrido por América, no le llegaron de gratis los recelos del catolicismo más conservador. Siempre manifestaba su evolución de pensamiento y entendía que había que superar la abstracción metafísica de la neoescolàstica, en la que consideraba estaba atrapada la teología católica.  

En 1951, junto con su hermano Georg, recibe el sacramento del orden sacerdotal y después, ya nombrado cardenal del título de S- María Consolatrice al Tiburtino en 1977 por Pablo VI y consagrado como arzobispo de Munich y Freising, el joven profesor de teología incitaba a sus alumnos a cultivar pensamientos avanzados para aquella época. Defendía la necesidad de abrirse a un nuevo lenguaje que, basado en el Evangelio, conectase existencialmente con las inquietudes del hombre concreto contemporáneo.

Para el Jefe de Estado del Vaticano y Papa de la Iglesia Católica la verdad no es un punto de llegada, sino una llamada a la búsqueda sincera donde la razón puede desplegar todas sus energías. En su libro Fe, verdad, Tolerancia expone que si se renuncia a la verdad acerca del hombre, se renuncia a su libertad.

En consecuencia, condenó las manifestaciones exacerbadas de la Teología de la Liberación y denunció los males derivados del capitalismo y el liberalismo occidentales. Estas ideas de Benedicto XVI le hacen ganar la confianza de Juan Pablo II (su antecesor y cuya visita a Cuba en 1998 fue igualmente histórica), quien lo nombra en noviembre de 1981 Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Fue el Cardenal que ofició su funeral y el que más cerca estuvo de él. El 19 de abril del 2005 es elegido como sucesor de Juan Pablo II, en el segundo día del cónclave y luego de cuatro rondas de votaciones, coincidiendo con las fiestas de San León IX, el más importante Papa alemán de la Edad Media y reconocido por establecer el mayor número de reformas durante un pontificado.

Sus primeras palabras a la multitud las dio en italiano, antes de pronunciar la tradicional bendición Urbi et Orbi en latín. Desde el balcón, Benedicto XVI  dijo:

Queridos hermanos y hermanas, después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el señor sabe trabajar y actuar con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante, que el Señor nos ayudará y María Su Santísima Madre estará de nuestra parte. Gracias.

Después dio la bendición. Y quedará también para la historia su escudo papal, del que dijo Monseñor Andrea Cordero Lanza di Montezemolo –arzobispo italiano experto en heráldica y creador del nuevo escudo papal – “Benedicto XVI ha escogido un escudo más rico en simbolismo y significado, para poner su personalidad y papado en las manos de la historia”.