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Por Graciela Guerrero Garay 

Desde los dos años empezó Benedicto XVI a sentir las consecuencias del trabajo de gendarme de su padre Joseph. Y a la razón,  la familia tuvo que mudarse varias veces hasta establecerse en una pequeña casa de campo en Hufschlag, en Traunstein, el que recuerda el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica como el legítimo hogar.

Aún cuando la  economía familiar no tenía solvencias abundantes,  fue enviado al seminario de San Miguel y allí empezó a cosechar su desempeño de estudiante aplicado y dedicado. Hasta 1939 ningún seminarista se había incorporado a las juventudes hitlerianas, pero el régimen exigió la afiliación obligatoria y la dirección del Seminario tuvo que ceder y en consecuencia, a los 14 años tuvo que inscribirse.

En los documentos que relatan su vida, se afirma que varios testigos certificaron que los seminaristas eran una provocación para los nazis y se les valoraba como sospechosos en contra del régimen. Esta situación incide en que fuera llamado a filas a los 16 años y prestara servicio entre 1943 -1944, hecho que compartió con su matrícula en el Instituto de Segunda Enseñanza, pero siempre mantuvo su ideal de ser sacerdote y lo manifestaba abiertamente.  

Desertó en los últimos días de la guerra y lo cogieron prisionero en 1945, hasta que es liberado y como estudiante del seminario diocesano de Traunstein se examina como bachiller, en el instituto Chiemgau, de ese mismo lugar.

 

ESTUDIOS ACADÈMICOS

En las universidades de Freising, Munich y Friburgo estudia, entre 1946 y 1951, Teología católica y filosofía y muestra interés especial en los Padres de la Iglesia   Agustín de Hipona y en los escolásticos, se concentra en San Buenaventura, sobre quien le devuelven su tesis con severas críticas, porque sus enfoques comienzan a romper los esquemas tradicionales de la época.

En 1959 se inicia como profesor en la Universidad de Bonn con una conferencia inaugural titulada “El Dios de la fe y el Dios de la filosofía”. En 1963 ya era bien reconocido como teólogo.  Sirve como asesor teológico del cardenal Josef Frings de Colonia, en el Concilio Vaticano II y, más tarde, trabaja para defenderlo en diferentes documentos en los que resalta Nostra Aetate, que aborda el respeto hacia otras religiones y sobre el derecho a la libertad de religiosa, por lo que lo estiman como un reformista convencido.

En 1968 escribe “Introducción al Cristianismo”, donde apunta que el Papa tenía el deber de escuchar distintas opiniones dentro de la iglesia antes de adoptar una decisión y declara que en aquellos tiempos estaba muy centralizada. Es cuestionado por eso y, en ediciones posteriores, eliminan esos textos por considerarlos que fueron mal interpretados por algunos autores, quienes lo utilizan para cuestionarlo.

Unido a otros como Hans Urs von Baltasar y Henri de Lubac funda, en 1972, la publicación Communio que está editada actualmente en 17 idiomas y  es una de las más influyentes del mundo dentro del catolicismo.