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La mirada aguda de mi estudiante de Periodismo - y digo mi estudiante de...- porque desde su primer año la tutoreo con una satisfacción enorme, acaba de entregarme esta vivencia. Son problemas que nos encontramos cotidianamente, pero empeñados vamos todos, los que aman y no levantan muros, ni creen en las barreras imposibles, en eliminarlos para crear una Cuba nuestra mejor.

Y lo haremos, porque hay una voluntad política inquebrantable, porque cada mañana, con el sol, un hombre, un cubano, un tunero, se levanta y echa a andar...Cuba va. De  que va, VA. (Graciela Guerrero Garay).

He aqui...

La triste comedia de los desdichados

Por Yelaine Martínez Herrera 

Como salidos de algún círculo del infierno ideado por Dante en “La Divina Comedia”, nos encontramos a veces individuos que parecen desconocer todavía qué significa “ser cubano”.

El cubano que no disfraza una sonrisa, que le canta las cuarenta al más “pintao”, que trabaja como”un mulo” para que al final de mes  no le ardan tanto los bolsillos. El cubano que ama incluso aquello que a veces critica, porque es un amor bueno ese que lucha por lo perfectible. Claro, en su momento y con las letras bien puestas. En fin ¿quién no conoce esa palabra?

Pero entonces descubro un par de extraterrestres rondando mi ciudad, envenenando el aire oxigenado con tan mal carácter, que hacen caer en puntillas el humor del más pasivo. ¡Opuntia, guarda las espinas! ¡Las Tunas, no me muestres tus miserias!

Camino frente al cabildo San Pedro Lucumí. A unos pasos, varios trabajadores en espera de un sorbo de café. Vestían sus uniformes de trabajo; alguna que otra mancha o jirón dejaban entrever una jugosa jornada. Eran mayormente obreros.  Una señora y sus caninos me remiten a La ciudad y los perros, de Vargas Llosa.

Luego entra él, un señor de unos cincuenta y tantos años. La mirada —un poco más cansada que las restantes pupilas— se diluye hacia el mostrador. Pero al “mozo” le parece que sus pies descalzos y sus dignos harapos le “espantan” la clientela. Todos callan. Preferiría pensar que por vergüenza a sí mismos, a su silencio. Me martillea la cabeza una frase de Martí: “Cada hombre que nace es una razón para vivir”. Aquel grande que prefirió andar en alpargatas antes que mancillar su espíritu y el bien patrio.

El señor sigue parado sin que nadie lo entienda. ¿Es que los veinte centavos-precio del café- no ameritan un buen servicio? A pesar de las ofensas algo subidas de tono por quien —supuestamente— debe atender “a todos por igual”, el aludido se mantiene ecuánime. Si no llega a traer un pomo… ¡Se puede ser pobre, pero no miserable!

Einstein decía que “la mayoría de la gente se avergüenza de la ropa raída y de los muebles destartalados, pero más debía avergonzarse de las ideas nocivas y de las filosofías gastadas”. ¡Esto sí no es relativo!

Siento nostalgia de los llamados “compadres” del tiempo de nuestros abuelos, de la samaritana que dio agua a un desconocido y resultó ser su salvador, de los que soportaron varias crisis pero nunca una crisis de valores.

No considero exceso de sensibilidad repetir lo que otros han demostrado: más valioso que cualquier tesoro económico son las doctrinas del corazón. No somos un pueblo pordiosero, pero los extremismos, los burocratismos y la falta de humanidad hacen más daño que el marabú en los campos de la vida.