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Lo que comienza bien, debe terminar mejor

Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

Me someto ya,  al casi terminar el primer mes del inicio escolar, a augurar un mejor período lectivo en Cuba. Y es que el rigor se siente, junto al empeño, en todas las enseñanzas. No hago de francotirador. Se respira en las escuelas y las universidades, en el intenso trabajo de los aparatos metodológicos, en el sentido que tienen los matutinos y vespertinos.

Aflora la certeza de las transformaciones y se cala una determinación en los claustros de que los estudiantes aprendan, desarrollen su pensamiento creativo y analicen cada contenido, desdibujando ese fatal concepto de “memorizar para aprobar”.  Las Tunas es el reflejo, pero desde otras provincias del país recibo el mismo mensaje y puedo afirmar que el empuje es parejo, desde la propia familia.

Algo muy positivo es el regreso de los jubilados del sector para cubrir las 11 mil plazas vacantes que existían casi a punto de arrancar el calendario. Experiencia, conocimiento y ética pedagógica que, en estas primeras semanas, resalta en la calidad de las clases y la manera inteligente  e integradora de orientar las tareas, con esa reclamada búsqueda de  temas que relacionen el contenido con la investigación, diversifiquen los objetivos del asunto y exijan del escolar mayor concentración y ejercitación.

Por otro lado, la garantía total del material de estudio, la adecuación de las aulas para asimilar por maestro o profesor la cantidad adecuada de alumnos – este año en Cuba hay más de dos millones en todas las enseñanzas – y la constante preparación de los docentes, quienes totalizan en el país unos 185 mil, son hechos concretos que marcan los nuevos aires de la educación cubana.

Lo que empieza bien, debe terminar mejor. Y hay todo una coherencia generalizada en la Isla para que cada territorio, a partir de sus propias características, prepare su fuerza especializada con los obreros calificados y los técnicos de nivel medio,  que en este año lectivo suman el 56,2 por ciento de los graduados de noveno grado, con el ingreso de más de 18 mil estudiantes en especialidades agropecuarias y otros 17 mil en perfiles de la Construcción, sectores que marcan prioridades y demandas reales  en los proyectos de desarrollo nacionales y provinciales.

Y si hablamos de futuro pedagógico, aún con dificultades objetivas en la captación y formación de maestros y profesores,  es innegable el buen síntoma de saber que las carreras pedagógicas tienen en sus aulas a mil 800 estudiantes.

La enseñanza secundaria, compleja por las especificidades de los adolescentes, es otra de las certezas de que el camino de la escolarización endereza sus entuertos. En Las Tunas, por ejemplo, hay 642 aulas y más de 500 asimilan solo 30 educandos, buscando la atención individual y respondiendo al uso más eficaz de los recursos humanos, a partir de una reorganización y adaptación de locales más realista y apropiados.

No hago de franco tirador. Las vivencias cotidianas y el buen estado de opinión que llega desde las familias, el accionar de los centros que hemos visitado y ese halo de trabajo y esperanza que se respira en el país en general, incluso cuando se acrecientan los ataques mediáticos, se vaticinan apocalipsis y el mundo anda patas arriba, es el termómetro que indica un sendero mejor y positivo.

Y es que la educación cubana toma de sí misma sus lados oscuros y los llena de luz con sabiduría, amor y pertenencia. Y los cubanos, también, aprenden a valorar cada día más lo que para ellos siempre ha sido una conquista: garantizar que sus hijos se instruyan, los adultos sean casi todos profesionales, sino altamente especializados, y que ir a la escuela, día a día, sea motivo de felicidad gratuita porque no cuesta un kilo y porque allí les llega la savia de la vida y de los años por venir.

A menos de un mes del inicio del Curso Escolar 2011- 2012 en Cuba este palpitar es garantía.