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Por Graciela Guerrero Garay

El reciente discurso del General de Ejército y presidente de Cuba, Raúl Castro, en la reunión del Parlamento fue archi elocuente  y meridiano, una vez más.  Los cubanos que apuestan por una sociedad mejor y un despegue definitivo de la economía siguen hoy, a días del suceso, aplaudiendo la verticalidad de su intervención, el análisis preciso y la trascendencia del ejemplo.

Rectificar es de sabio y mucha sabiduría se nota en las perspectivas de la nación. Pero el meollo está en que es un tema de todos, no de una voluntad política ni de un puñado de hombres y mujeres, más en momentos en que el mundo se debate en una crisis global que involucra hasta asuntos que se escapan del accionar de la humanidad, como es la naturaleza con sus cambios climáticos, aún cuando esté probado que ha sido esta generación terrícola la culpable, a grosso modo, de este debacle  ambiental.

Puntos sobre íes puso Raúl cuando llamó a cambiar la mentalidad para alcanzar la sostenibilidad e irrevocabilidad del Socialismo, sobre todo de quienes dirigen y representan a la Revolución en cualquier cargo. A mi modo de ver es un puntillazo que nos cae a todos, porque el  jefe de un área productiva – aunque tenga otros tantos jefes por encima – es clave para defender esa producción que, luego,  según su destino, tenemos que pagar todos, la mas de las veces cara, sin tener calidad ni garantía. 

Combatividad y honestidad son valores claves en estos tiempos de cambio. Las papas podridas se sacan del saco, pero lo que no puede permitirse es que la resistencia de algunos a coger los caminos correctos “mareen” las perspectivas de desarrollo de un colectivo y de la sociedad.  El caso ejemplarizante que citó en su discurso sobre la funcionaria que sustituyeron por profesar una religión, nos da la medida de cuanto nos falta por abrir la mente y el corazón al paradigma que es la consigna con todos y para el bien de todos.

Otro gran sabio, Mahatma Gandhi, cuando le preguntaron cuáles eran los factores que destruyen al ser humano respondió:  la política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad. Para él la vida es como un espejo, “si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa. La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará ante mí, el que quiera ser amado, que ame, sentenció.

Y si todos buscamos tener economía doméstica, que bajen los precios, que tengamos alimentos, paz, salud, educación y garantías sociales nadie tiene que labrarlas por nosotros. Esos granitos de arena de los que llevamos tanto tiempo hablando tienen ahora que bañarse de aguas puras, de sudor sostenido, de vergüenza propia. Romper  el inmovilismo, la indiferencia e insensibilidad, empezando por los dirigentes, como dijo Raúl, pero sumando también al más simple obrero porque sociedad y país somos todos.

En este engranaje palpita el verdadero cambio. Y en la medida en que cada cual actúe responsablemente, tendrá moral para que le sigan los demás y se notará, bien pronto, el florecer auténtico de nuestras metas. Nada fácil es el camino, y lo sabemos. Resistimos una década muy dura, la de los 90, cuando comenzó el período especial  y avanzamos. Ahora cuando la flexibilidad y la objetividad de los análisis, la verdad como trinchera, iluminan el mañana, tenemos que luchar el doble.

Puntos donde mirar sobran. Ser un espejo, para cantarse verdades y no llorar mentiras. Hacer el pan de cada día no para sí, sino para que se multiplique y sea de los demás, con positivismo y esperanza. Al menos  yo creo que esa es la lucha que debemos asumir de arriba a abajo y en todos los puntos cardinales. Ya.