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Exclusivo para miopes

Texto y foto Graciela Guerrero Garay

Como en los libros de cuentos que traen duendes con regalos escondidos, este  17 de julio, Día de los Niños en Cuba, un trinomio de virtudes conquistó las calles: esfuerzo, modestia y felicidad.

No hubo fuegos artificiales ni sorteos patrocinados por alcaldes para ganarse una beca especial en alguna disciplina artística. Menos, venta de juguetes al estilo de los “tamagoshis” japoneses o los carros de control remoto del hombre araña. Ni de esas bonitas muñecas que hablan, bailan y hasta tienen celulares interactivos. No hizo falta, sin negar que todas estas cosas despiertan curiosidad, gustan a los chicos y hasta los esclavizan y enajenan. Ahí está la trampa de la banalidad y la estrategia de los manipuladores.

Cuba es diferente, aunque sea muy difícil entenderlo en un planeta donde el dinero es quien dice la última palabra y las esencias humanas se han mezclado tanto por doquier que hasta el blanco ha perdido su pureza. ¡Había que ver con ojos propios tantos chiquillos juntos, chillando, montando en los “cachivaches” (como le llaman acá a los aparatos rústicos de diversión infantil), disfrutando de los títeres, el teatro, los magos…!

Una mañana tranquila, sin el temor al rapto o una bala perdida. Con la modestia de un país subdesarrollado y bloqueado, con la gracia de la sonrisa plena en los rostros. Ese amor que destila cada acto es lo que distingue la cultura, del actor y el público. La maestría de los gestos y los recursos – a veces como sacados de otro pase mágico –valida la voluntad de continuar contra viento y marea haciendo notar que nada es más importante aquí que la alegría de esa grey que disfruta, también en familia, de las golosinas y los refrigerios.

Un domingo sin pompas de jabón ni coloretes. Natural, fluido, ardiente y veraniego. Apto y concebido para quienes saben querer y encuentran sueños dentro de una calabaza encantada, que reparte caramelos y dice adivinanzas.

El Día de los Niños en Cuba, en esta pequeña provincia de Las Tunas, no fue una campaña publicitaria ni una tradición encerrada en un slogan propagandístico. Es muchas caritas, de todas las edades, aplaudiendo a un payaso, abriendo la boquita ante un titiritero juguetón o corriendo, a todo riesgo, detrás de una pelota. Sencillo, así de simple. Como las gotas de rocío que se pierden entre los destellos del sol y solo un miope, desalmado y cruel como los duendes malos, no las ve. Les falta el alma. Suerte que por doquier hay corazones tiernos aupando esta maravilla.