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A una mujer de rojo

Por Graciela Guerrero Garay

Tus manos tienen callos, y jamás han perdido la ternura. Tu voz es firme, quizás altisonante, pero necesaria y consejera, allá donde la madre es soldado y sostén, bandera y guía. Tus pasos cotidianos, imborrables, por dentro y fuera de la casa.

Vas de rojo, mujer, porque eres vida. Desde el vientre y hasta ese lugar en que caben la paz y la armonía, donde la guerra es a veces la cordura o un soneto de luz interminable. Andas, internacionalizas tu nombre y multiplicas el don y la virtud del imposible. No importan las trincheras ni los mapas, las distancias y las dificultades.

No hay vanidades ni lujos que te eclipsen el dador sentido de tu olfato. Levantas y cultivas. Retoñas y resiembras. Haces crecer y creces. No agotas los verbos de la acción ni las palabras buenas. Vas de rojo mujer, porque eres lucha, perdón, amor y entrega plena.

No es para una fecha tu homenaje. Es una nota de acuse a tu modestia. Es el pretexto, tal vez, para entregarte la divina lección que nos  enseñas, por encima de todo y con todos. En montañas y llanos. Con fusil y azadón, con picachos y escobas. En verano e invierno. Con la luna y el sol.

Vas de rojo mujer, porque te agitas en la esencia aromática de un beso. Porque tus pies no temen a las rocas. Porque sacas aliento de tu aliento. Vas de rojo mujer, porque eres sangre de victorias y pechos encendidos. Eres marzo, abril… la primavera. Eres tanta mujer en todas partes que, sin tintas de más, todo te alcanza para hacer de tu voz un verso vivo y convertir tu nombre en una estrella.