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Siempre un regalo de amor

Por Graciela Guerrero Garay    Foto: Giraldo Aice

Sus silencios quizás no sean tan mudos como la gente se cree. Puede estar hablando ahora mismo con las musas que le inspiraron sus rancheras. O con las piedras que le trajeron el agua salobre del pozo que cavó en la finquita de Las Cruces de Monte Alto,  para no tener que ir a buscarla a un kilómetro de distancia, con aquellas rastras de bueyes que convertían infinitos los caminos.

Ya estaba ciego. Nadie lo creía.  Se las ingenió para sortear el negro de la oscuridad del iris y pintar de luz el corazón de su retina. No podía flaquear porque un maldito accidente le llevó el sentido de la vista.

-         ¿Cuántas veces tropezaste Juan Bautista, cuántas…? parece preguntarse en el mutismo que lo envuelve sin una queja ni un suspiro profundo. Pero tú no eres gallo de pocas peleas. Empezaste a perder poco  a poco y a ganar también. 

-         No eres un héroe. Has hecho lo que la voluntad te deja hacer, y aquí está mi amigo, cará, mi hermano, Carlitos. Ese si era un loco y un revolucionario de agallas. ¡Cómo lo mataron! Pero no alcanzaron sus sueños. Mira las escuelas. Yo sabía que Chávez iba a ganar en Venezuela. Y Fidel está firme, vivo, y Raúl tirando pa’lante. Esta Revolución es más grande que to’ nosotros juntos.

Sus monólogos pueden ser interminables. Es un retablo de recuerdos y firmeza. Con la memoria y el cariño interminable por su cuñado y amigo, el mártir tunero Carlos Sosa Ballester. Eran uno solo en cuerpo y alma. Aquel 7 de diciembre de 1958, cuando lo mataron, le arrancaron un pedazo de su vida, pero luchó entonces por lo que él dejó inconcluso. Y estuvo en toda tarea que se le pidió.

Manatí es la raíz de su existencia. Allí vinieron sus padres, al inhóspito Tabor, a ganarse la vida entre los jejenes y los mosquitos. Y ahí fue donde su hermana Luisa hizo amores con Carlos y donde nacieron sus dos sobrinas. Pero la vida lo llevó de nuevo a Las Cruces de Monte Alto poco antes de que asesinaran a Carlitos – como le decían todos al férreo revolucionario - .

Fueron a ocupar el pedacito de tierra que recibieron como herencia y el que puso a prueba su tenacidad, al tener el accidente que le dejó ciego. Juan Bautista Reyes  Cedeño no podía ser carga ni defraudar la confianza de los suyos. Eran tiempos muy malos y  los hombres de verdad peleaban duro por  derrocar la dictadura  y la libertad de Cuba y. Él no podía sentarse en un sillón. No se sentó.

ANÓNIMOS COTIDIANOS               

Fue un regalo de amor desde que un 14 de febrero de 1938 José y Rafaela le cargaron por primera vez y, con ahínco, le sembraron la honradez y el espíritu de sacrificio. Juan Bautista ha enseñado mucho con su ejemplo en asuntos de trabajar y ser padre de familia, en disposición revolucionaria y sembrar la tierra con el recuerdo que se tiene en la mente y el pecho.

No se propuso ser un héroe, pero los retos cotidianos, anónimos, le ganaron el respeto de los áridos montes que formaron su infancia, su juventud y su vejez y la admiración de la gente que le conoce y sabe de sus historias de vida.

Al quedarse ciego – cuenta el escritor Giraldo Aice – no podía perder el trabajo pues era el sustento de la casa. Entonces, en complicidad con su hermano José y sus compañeros de labor, siguió chapeando con la ayuda del tacto. Buscaba la mala yerba rastreando con las manos y usando la memoria que tenía dela finca. Así mismo araba, siguiendo la huella de la yunta de bueyes y los pasos de los arrieros que iban delante.

Aprendió, golpe a golpe, tropezando, cada rincón de la casa. Calculó la distancia de las parcelas, el rastrillo del potrero. Cavó el pozo que le salió salobre. Nadie que veía aquel hombre desde el terraplén, haciendo todo eso, podía imaginar que era ciego, dicen los que narran ahora lo que Juan Bautista no quiere decir.

Hizo otro pozo. Todos decían que estaba loco, pero él buscó asesoramiento y empezó a abrir el hueco donde le indicaron debía pasar el río subterráneo. Y ahí está, en la finquita que heredó de su familia, dando agua para los animales  y los quehaceres de la familia que vive hoy allí.

VOZ EN ONDAS HERTZIANAS

No quiere hablar. La muerte prematura de la hija mayor de Carlos Sosa Ballester, su sobrina Luisita, empezó a robarle los sonidos, mientras su voz iba a quedarse en los casetes domésticos donde grababa sus canciones, interpretadas por los Hermanos Quintero y radiadas en Radio Victoria y Radio Juvenil, que son las estaciones que más difunden la veintena de rancheras que llevan su autoría.

Cristina, la otra hija del mártir, comparte sus días con el mismo amor que no pudo darle a su padre, ahí en el querido Manatí donde viven las raíces del andar de Carlos. Desde entonces Juan no fue el mismo, pero luchó hasta que Luisa, su hermana y viuda de Ballester,  murió el año pasado. Es un hombre ejemplar y con un conocimiento de la vida de campo, una trayectoria de revolucionario y un don para la poesía que merecen ser reconocidos, por eso nos duele verlo ahí, como hablando consigo mismo,  afirman todos.

Juan Bautista solo escucha. Es cortés y saluda con un gesto en la cabeza. Se deja tomar la foto. Quizás sea lo que dijo un buen amigo… “su vida ha sido tan sacrificada, ha dicho tanto con el trabajo y el esfuerzo, ha sido un reto con su voluntad, que hacen falta muchos cubanos como él ahora que estos campos y la tierra necesitan de los hombres.”

Y por allá, otro campesino que ama el conuco que le entregó la Revolución y lo mantiene reverdecido, no maximizó cuando afirmó…Martí lo dijo, esto es de los humildes y para los humildes. Aquí seguimos luchando.” Y un esbozo de sonrisa plácida iluminó el rostro de Juan Bautista. Esa es la voz que, sin sonido, sacude sus entornos. Esta es la estirpe tunera.