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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando liberaron el jabón de lavar y de baño y lo pusieron en la red de Comercio, la reacción de muchos fue encontrarlo caro a cinco y seis pesos. Escuché, entonces, opiniones tan descabelladas como que debían venderlo a peso. Es cierto, si uno tira ingresos contra gastos, sin lujo alguno y priorizando necesidades básicas, para la mayoría de las familias trabajadoras el salario no alcanza ni poniendo a 100 céntimos los productos, pues la comida diaria se lleva la entrada promedio de cualquier hogar.

Esta realidad no puede cegarnos ni llevar que pongamos voz en cuello determinados criterios que tergiversan las esencias que se defienden en este proceso de cambios y adecuaciones de la economía y la sociedad. Y más cuando el precio de los alimentos se dispara como una tiradera en el mercado internacional y los países, como el nuestro, están más que cerrados  ante una competencia desigual y discriminatoria.

Con ojos sobre el jabón, a ese monto actual se puede adquirir uno más de baño con la misma cantidad que invertiríamos si lo compramos en la red de tiendas en divisas, única oferta que nos queda como opción. Hablo de la pastilla más barata, que cuesta 0,25 centavos CUC. En el caso del de lavar, el menos costoso en moneda convertible vale 0,45 centavos, por lo que con un dólar solamente podríamos llevarnos 2, y 10 centavos de vuelto. En tanto con esa “platica” en pesos nacionales, compramos cuatro y nos queda un peso en la cartera.

Si sacamos la cuenta, vemos la ventaja. Empero, si lo miramos desde la libreta de productos alimenticios, no. Al valorarlo desde la frecuencia de distribución, entonces nos percatamos que ahora la disponibilidad en los establecimientos es mucho más estable y podemos optar, según la economía doméstica, por dos fuentes de abastecimiento permanentes. Antes de la liberación del producto, era asunto de cara o cara: si no venía por la cuota, a las shopping obligatoriamente.

Hay que tener cuidado con las “defensas” que hacemos. No estamos para atacar lo que, a largo y mediano plazos, nos abrirá el horizonte. No olvidemos que, muchas veces, para ganar, hay que perder. El Estado mientras pudo nos facilitó las cosas. Recuerdo aquellos paquetes de arroz, que por los 80, se vendían en los llamados mercados paralelos, eran 2,5 kilogramos a 7,50 pesos. Mas, existía un CAME y una Unión Soviética con un intercambio comercial factible y, aunque los salarios eran mucho más exiguos (un recién graduado universitario ganaba  $ 198.00) alcanzaban hasta para pasear, como dice un vecino mío. De la globalización y el cambio del mundo no podemos evadirnos. Hay que tenerlo en cuenta.

Ahora, ante la noticia de que está a la venta en la cadena Ideal, de forma experimental, el azúcar blanca y parda – a 8 y 6 pesos, respectivamente – y el arroz importado a $ 5.00 la libra, se pone al Estado otra vez en la palestra del juicio y criticando a la ligera tal medida económica. Hoy, al analizar en crudo la situación que hay en el mundo con la producción y precios de los alimentos, las balanzas globales del mercado, el endeudamiento de los países pobres y el cambio climático, comer es un lujo. Triste y sangrante verdad, pero verdad al fin. 

Es menester razonar con los pies en la tierra y el futuro de los hijos. Vale decir “vamos a trabajar mejor, para producir más y obligar a que bajen los precios. Vamos a ayudar a la nación que necesita de nosotros”. Solo así en el bolsillo sonará ese excedente que pedimos y algunos ponen de “primera”, antes de opinar con profundidad y mente cooperativa. Nada se alcanza sin sacrificios ni desgarraduras. Somos responsables de la mayoría de los problemas que tenemos. Y por moral, por responsabilidad social y como deber humano, todos, cada quien en su puesto, tenemos que resolverlos. El dedo no puede apuntar para el pecho. Debe salir del pecho hacia el bien de todos.