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Por Graciela Guerrero Garay   Fotomontaje: Chela

Los servicios nuestros, en todas sus manifestaciones, de alguna manera siempre, en años, han tenido partes blandas. Desde aquellos libros de Quejas y Sugerencias hasta los acuerdos y recomendaciones dejados en informes extensos, se lucha por mejorarlos y a razón de la verdad, simulan un columpio. Vaivén todo el tiempo. Unas por razones objetivas y las más, a mi juicio y evidencia, por la carencia de una cultura comercial integradora de todos los mecanismos, materiales y humanos, que sustentan una actividad donde el binomio vendedor – cliente tienen que estar en igual rango de intereses.

Salvo en eventos muy competitivos, los más de trascendencia foránea, se “huele” ese deseo de impactar a los demandantes. Y, con algunas excepciones, en determinados centros básicamente turísticos, se nota ese buen gusto al recibir, servir, empacar y despedir al cliente, otro término que hemos distorsionado a las anchas y que, en los últimos tiempos, casi siempre son “señores o señoras”, con algunas “señoritas” según el portero (a).

Cuando hablamos de economía no se pueden evadir los servicios públicos, pues de ahí salen y entran una gran parte de los presupuestos que incrementarán las arcas del Estado y que reciclarán luego como bienes sociales, en el amplio espectro que este conjunto de cosas y hechos significa en un territorio. Entonces hay que cambiarlos también de raíz. Habrá que hacer urgentemente estudios de marketing, analizar horarios de apertura, reordenar las prioridades, reubicar internamente a la empleomanía, exigir idoneidad absoluta y cerrarle con mano de acero la entrada a la ineficiencia, el mal trato y el “no hay”, con esa carita zalamera que nos ponen en nuestras unidades comerciales y gastronómicas.

En el bolso del cliente está el dinero y la satisfacción, el rostro alegre de una economía fuerte y feliz, cada vez más solvente y rentable, competitiva e ilustrativa de que se trabaja y se produce, hay correspondencia de esfuerzos con ganancias y los salarios, buenos o malos,  están a la medida de lo que hace cada cual y lo que cada cual merece o, mejor, gana con su sudor y entrega cotidiana. Si eres malo, mal te pago. Si eres bueno, bien recibes.

Y nadie se crea que eso es explotación del hombre por el hombre. Eso es recibir según productividad y excelencia. Es también cobrar la calidad verdadera de un servicio y pagarla a gusto, porque lo bueno vale bien. Lo incongruente es pagar caro lo que no sirve y sentir, como cliente, que nos quedamos despechados y con los bolsillos vacíos. La llamada no es solo para las redes estatales, sino también para ese particular que hasta ahora nos vendió “como de lugar” y la necesidad nos llevó de la mano a aceptar los precios adulterados y las mercancías de mermas, porque en ambas cestas hemos sobre pagado un ají de quinta como si fuera de primera. Y a salir contestos, ¿ qué usted cree?

Sinceramente creo que el éxito y el cambio económico y social está más allá de sabias y medulares discusiones del Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social. Poco valdría tener la mejor normativa del mundo si en la práctica, segundo por segundo, la ultrajamos con irrespeto, fraude, mala dirección, violaciones y etc. y etc. y etc. Es hacer cada cosa bien y para siempre de ahora en adelante. Reto complejo porque somos los mismos y hay refranes que nos caen al dedo: el hábito hace al monje, se me ocurre uno.

Empero, la voluntad y el amor acortan distancias y borran amarguras. Hay que trabajar cerebro adentro y a manos limpias. Esta inyección de lealtad a la Patria y a nosotros mismos tiene que seguir rompiendo la esclerosis y los vicios antropológicos. Estamos y podemos. Nuestras redes comerciales y gastronómicas tienen que ser el primer espejo donde miremos el avance de los nuevos tiempos. Es el rostro que se da a los foráneos y el termómetro que nos dirá a todos que todos estamos tirando parejo de la cuerda de la prosperidad en una Cuba más libre y socialista, digna de esos millones de hombres y mujeres de quienes llevamos los genes y la sabia del trabajo honrado y bienhechor, sin comodines ni puertas cerradas, sin adulterios de precios ni recargos comerciales para buscar la ganancia y vendiendo un servicio que no se da.