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La estafa de una verdad

Por Graciela Guerrero Garay

Otro 10 de diciembre igual que siempre. Quizás mejor, pero imperceptible para los ciegos y los adormilados con enfermedades  de alguna alienación mental. Tragado por el silencio de los monopolios mediáticos y aprovechado por los oportunistas de papel y lápiz o ciberespacio para archipotenciar su cacareada canción sin fundamento.  En Cuba no hay derechos humanos. Así de simple acusan durante 50 años. Y, así de simple también, se han quedado sin voz en las reuniones de la Organización de Naciones Unidas. Los rayos ultravioletas del sol, en este siglo XXI,  son demasiado evidentes para taparlos con un dedo.

Lo cierto es que ahora mismo, temprano en la mañana de un jueves del último mes del año 2010, un negro (bien prieto) y que me dice que no es universitario ni dirigente, sino albañil de una brigada de la Empresa de la Construcción, lleva a su pequeño de 7 años a la escuela y tiene tres hijos más, allá por las lomas de Bayamo. Su mamá, otra negra cocinera, de origen campesino, los cría sola con un salario que no llega jamás a los 300. 00 pesos cubanos. Están escolarizados, viven en una modesta casa de mampostería  y, sin lujos vanidosos, tienen televisor, DVD y cocinan con electricidad. Mi padre, que hoy tuviera 88 años, se hizo enfermero empírico, pero con 11 años, huérfano, se montaba solito en una guagua que se conocía como Camberra y se iba a Santiago de Cuba, desde Las Parras, a vender huevos criollos a peso. Era para ayudar a criar a sus 10 hermanos.

Y ahora que hablo de huérfanos,  en Las Tunas – como en el resto del país – hay muy cómodas casa – hogares  para los niños sin amparo filial. Y comen, tienen ropa y cariño que muchos de los que crecen bajo el tutelaje paternal. Y en esos Hogares el Estado cubano es quien pone la peseta diaria para vestirlos, alimentarlos, instruirlos y darle la asistencia sanitaria que necesitan. Ahí reciben la pubertad y salen cuando deciden crear una familia o una familia les pide en adopción. 

Pero nada, el cacareo y las condenas con Cuba no se acaban. Pero nunca se ha tirado una bomba en las calles en el medio siglo de vida que tengo. No ruedan Mercedes Benz como las bicicletas ni la carne de vaca está por la libre (aunque se comercializa cocinada en cualquier restaurante u hotel, y también se vende en picadillo y bolas en las cadenas de divisas). Sin embargo, las cuatro onzas normadas por la libreta de abastecimiento le llegan religiosamente a todos los niños cubanos y a la población que tiene dieta alimentaria, incluidos los viejitos. Y que conste, la sequía, el robo de ganado, la falta de materias primas para fabricar la miel y otros productos necesarios para sostener a los vacunos al por mayor han tenido su marcada influencia en las mermas de los potreros, estatales y privados. (Y si a alguien le gusta el fuego, indague las consecuencias del bloqueo económico. Tiene también 50 años y el gestor es la nación más poderosa del mundo: Estados Unidos).

He buscado el diccionario. Democracia. Tiene que ver mucho con los derechos humanos. Pues resulta que acá todo el mundo está levantando la voz y poniendo puntos en las íes para decir lo que siente y piensa sobre el Proyecto de Lineamiento de la Política Económica y Social que se discutirá en el Congreso del Partido, en abril próximo. Sin carné,  en la práctica, con absoluta democracia y hablando con sus decires y pareceres,   estaremos ahí, en la máxima reunión de los comunistas cubanos. Y en esos debates anda el congo y el carabalí, el joven y el viejo, el de a pie y el “sobre ruedas”.  

Hoy es 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos. Mi país está en paz y la gente camina libremente por las aceras, los campos y las ciudades. Los niños retozan en el barrio y los viejitos hicieron sus ejercicios temprano en la mañana, aunque hizo frio y se siente un invierno poco común. Hasta los perros callejeros hacen pipi sin pedir permiso en las Buganvilias de las avenidas. La libertad no está amarrada y le gente busca sus alternativas de vida con sosiego y confianza.

 No son tiempos de bonanza ni nos jactamos de ser perfectos ni especiales. Pero somos. Alguien puede sentirse con saltitos cardiacos porque no duerme ni se baña con calefacción y otras candilejas que le vengan a sus fantasías. Luchamos duro por salir adelante y mejorar el proyecto que apostamos. Le hemos roto algunas esquinas y por eso, porque somos, aquí estamos reparándolas. Somos humanos, no flores. Pero aún así, con millones de jorobas y con el injusto y maquiavélico silencio de quienes solo apuntan y condenan, nos reímos, estamos saludables, dormimos tranquilos, compartimos lo poco y lo mucho y mandamos médicos a esos hermanos de Haití, en desgracia por el cólera y el terremoto de enero de este año.

Hasta eso hacemos, compartimos Derechos Humanos. Porque nada más parecido a la bondad y la solidaridad, al desprendimiento y al valor, que ir allí, con esos negros haitianos, a jugarse el todo por el todo para sembrar vida en medio de la muerte. Vamos a ver si hoy, cuando salgan los titulares de los grandes periódicos del mundo, los fronterizos de mente y corazón dicen al menos que en Cuba el sol salió para todos y que el pan se repartió como todos los días, derechito y sin mareos. Ahh..y no es ocioso que busquen en la enciclopedia, pero les juro que no encuentro ni en las páginas amarillas algo que me sugiera que andar zombi por las avenidas con goma de mascar saborizada, temeroso de un asalto o pidiendo al cielo algún empleo, sea el sinónimo exacto de lo que testifica para el hombre pleno la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Esto que abunda mucho en el primer mundo y no se encuentra en Cuba ni racionalizado es la estafa de la verdad: los cubanos si tienen esenciales Derechos Humanos.