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Mi primer día de clases

Por Graciela Guerrero Garay    Fotomontaje: Chela

Hacía 22 años que no me veía de manos de un pequeñín camino a la escuela. Reviviendo esa emoción de poder sentir la tibia frialdad de unas manitas que, si bien van contestas y apuradas hacia un mundo que no le es ajeno, no deja de dilatarles las pupilas ante la novedad del encuentro con objetos, imágenes, emociones, realidades y fantasías que comenzarán a tejer el largo camino de la vida escolar y su crecimiento biológico, social, psicológico y afectivo.

¡¡¡Mi nieta Sheila Tania comenzó la escuela!!! Todo un suceso que nos contagia y hace diferente las mañanas de septiembre, fecha en que siempre inicia el calendario escolar en Cuba. Un ajetreo tremendo en todos los cubanos, pues es extraño que al menos un miembro de la familia no esté insertado en este proceso. Los amaneceres suelen adelantarse y las bombillas prenden sus ojos incandescentes antes de lo habitual.

Sheilita aún no tiene los cinco años, los cumple en diciembre, pero desde los tres matriculó en las llamadas Vías no formales, un programa que los prepara, en el mismo plantel donde potencialmente serán matriculados, con las maestras que les enseñarán, tiempo después, los colores, trazos y actividades que los lleven a su primer grado con éxito. Aún así, la adaptación no ha sido fácil. Lloramos las dos desde el primer día. Ella pidiéndome que me quede, y yo, por verla llorar con tanto sentimiento y pegarse a mí como una hiedra suave y fuerte.

Poco a poco hemos ganado el camino y cada día, a pesar de ser algo muy natural aquí, nos sorprendemos con los valiosos recursos de que disponen. Cada niño tiene un módulo totalmente nuevo garantizado para el aprendizaje: plastilina, crayolas, tijeritas, juguetes, juegos instructivos, mobiliario. Un aula sencillamente bella, decorada para ellos.

El Salón de Computación y la Ludoteca son una maravilla. El perrito “Amigo” los dejó a todos jugar con él, mientras los llevaba con inteligencia y “tacto” canino al mundo de los colores y los números. En la Ludoteca una variedad de juguetes los esperaba para despertar la imaginación y familiarizarlos con los roles del trabajo y la familia, al tiempo que les activaba esa pueril imaginación que los anima a poner nombres, recordar cuentos y disfrutar de ese tesoro que es la esencia de esta primera etapa de la vida: el juego y el descubrimiento, la curiosidad.

Ya ahorita cierra el primer mes del curso escolar y las calles cubanas, las de mi barrio, la salita de mi casa, tienen el distingo principal: uniformes escolares que delatan que un retoño más empezó a empinar el papalote de la vida, en una nación donde los más nos sentimos orgullosos de ser y compartir a pie el espacio común y el sol que nos alumbra.

Mañanas que despiertan con “unos buenos días” naturales seamos feos, gordos, profesionales, amas de casa, mulatos, rubios, blancos, albinos, negros. Frases que elogian a los pequeños que empiezan a sentirse “grandes” e “importantes” con un sano “¿¿¡¡ya para la escuela??!!..¡¡¡Qué lindo!!!

Cariño que en Cuba brota como fuente y cataratas interminables de humanidad y sincero aprecio. Natural como el cálido clima que se afianza cada vez más caliente. Torrente solidario que no han podido matar ni matarán las macro carencias, las dificultades, las campañas mediáticas, el bloqueo económico, la disidencia interna, las calumnias ni las verdades. Cubanos que más allá de las inconformidades y los aprietos, los desafíos y las esperanzas tenemos el don de ser, humanos. Y este orgullo firme, divino, llevan mi Sheila y sus compañeritos  a la escuela.