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Por Graciela Guerrero Garay      Fotomontaje Chela

EL Che no es un mito. Es el hombre común que nació, como elegido de los dioses, para darle virtud a la materia y sangre a la espiritualidad que nos diferencia de los lobos. Por eso no está muerto ni podrán matarlo los siglos de los siglos.  Es un verso sencillo hoy y mañana un canto de combate. Remanso que hervidero.  Llano y montaña. Hombre o mujer. Cielo o tierra.

Como todo mortal, tuvo defectos, amigos y enemigos. Como todo soldado, tropezó y se levantó ante derrotas y victorias. Ser como el Che, como aboga y exhorta el lema de los pioneros cubanos – niños y niñas afiliados a la Organización José Martí en las educaciones Primaria y Secundaria Básica – no es una meta, es una aspiración que dignifica de manera individual nuestro paso por la vida. Digo familiar, profesional, social.

En estos días de junio que nos traen a Ernesto Guevara de la Serna con toda su historia y su altruismo, su desprendimiento y sabia natural pienso en estas cosas, desde el balcón de mi apartamento, justamente observando a los niños de mi barrio. Son sencillos, dados a correr, saltar, brincar y gritar, más que a permanecer quietos en algún juego de mesa, ronda o canturía…. Curiosos por excelencia,  buscan las cuevas de las arañas o recolectan los caracoles terrestres que hay en las jardineras de los edificios.

Vivo en una zona de edificios multifamiliares, construidos por la Revolución. Divididos por una amplia avenida que, todavía, me sorprende con sus buganvilias florecidas, luego que las vi deshojarse una a una con el azote de los huracanes del 2008. Es un reparto tranquilo a pesar del tránsito que le caracteriza, por ser una vía afluente al área donde se concentran las instalaciones más importantes del sistema de Salud Pública, y tener en su enclave a una de las cuatro universidades más grandes de la localidad y el territorio, la Vladimir I. Lenin. Era vivo marabú hasta la década del 70. Desolado y estéril.

Ahora no. Está poblado de gente trabajadora, amas de casa, jubilados, jóvenes estudiantes, niños y niñas de todas las edades, y cada día le brotan como botones frescos uno que otro, como la pequeña Lía de solo dos meses de nacida.  Pronto la sorprenderé también en la acera recogiendo flores o montando velocípedo. Luego, en la escuela, de uniforme y pañoleta y diciendo el lema de su organización: Seremos como el Che.

Un orgullo que se fortalece y renueva. Un sueño que se me antoja vívido cuando miro al piquete de los que hoy  tienen 8 y 9 años y, desde la altura de mi tercer piso, los sorprendo con un “palito” cualquiera  tratando de que la babosa que capturaron saque sus antenas y asome la cabeza, para retratarla con el asombro asustadizo de sus miradas plenas.  Caminantes, libres, decididos y pensadores intranquilos como este Che que decidió un día descubrir su América montado en una moto.

El mismo guerrillero que no dejó que su asma crónica ni el tutelaje paternal fueran razones que lo limitaran y le apagaran el deseo de convertirse en un arriesgado médico,  conquistador de la justicia y presto a dejar sus huellas donde fuera más útil. El Che que hizo primero, y exigió después. Que nos llamó a endurecernos sin perder la ternura. Que trabajó duro y fue un buen padre, aún con una agenda llena de compromisos y una meta que reclamaban de un día de más de 24 horas.

Es hermoso y esencialmente humano poder decir desde la cándida explosión de la infancia “Seremos como el Che”. Justamente porque se puede reandar el camino con sus huellas sin mistificar ni menospreciar su figura, su existencia, su obra y su calibre.

Se puede porque todos llevamos dentro un potencial inacabable de energías positivas. Porque podemos discernir: entre el bien público y el bochorno social. Entre la extravagancia y la sencillez. Entre el decoro y la traición. Entre el egoísmo y la solidaridad. Se puede porque Patria es humanidad.

En estos días de junio el Che está en todas partes. Nunca podrán matarlo ni con fusiles ni con escaramuzas. Nada ni nadie podrá silenciar su ejemplo. En el tiempo, los niños cubanos crecerán, como han crecido generaciones de generaciones en la Isla, y aquí está la obra de ese arraigo interior. Inacabada, pero en constante transformación para todos y por el bien de todos. Con las limitaciones de un país subdesarrollado, asediado, bloqueado y atacado hasta por grupúsculos mal nacidos.

Pero está aquí y es lo que cuenta. Como contará siempre el almanaque  de la historia con páginas biográficas inmortales que hablarán de un Guerrillero Heroico llamado Ernesto Guevara de la Serna. El argentino cubano que nació e hizo de su vida una lección de amor. Una razón para seguir creyendo en que un mundo mejor es posible. En estos días que nos traen sus memorias es saludable calar hondo en todas las dimensiones posibles de un principio: Seremos como el Che. Y es poderosamente convincente saber que los chicos de mi barrio, las niñas y niños cubanos, corretean a sus modos con esta buena semilla a flor de piel.