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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

 

 

Quizás este terruño mío no sea uno de los que más conserve las tradiciones de nuestros tatarabuelos, muchísimos venidos de España o traídos desde pequeñitos. Lo cierto es que nunca se ha roto aquello de celebrar las Navidades y siempre, cada quien con su arraigo y credo, hizo lo suyo el 24 y 25 de diciembre, fecha en que casi todas las naciones del mundo recuerdan el nacimiento de Jesucristo.

 

Mi familia fue una de esas tantas que siguió las costumbres de mi padre y nunca dejamos de cenar en Nochebuena ni deleitarnos con las luces del Árbol de Navidad, que hasta casi a finales de la década del 70 fue de pino natural, el que buscábamos la prole del barrio junto a cualquier adulto y repartíamos por las casas que decidían hacerlo. Pero crecimos, y de algún modo, no siempre se podía estar juntos para esa fecha y, una que otra vez, faltó un comensal o más a la mesa y papi decidía no hacer la fiesta y postergarla para cuando estuviéramos todos.

 

Así pasó en muchos hogares cubanos y tuneros. Empero, en otros, nunca en estos 50 años de Revolución ha dejado de ser el 25 de diciembre una fecha de reunión familiar, más que un hábito religioso. En muchos, un día más del almanaque. Las creencias están presentes en dependencia de la afiliación cristiana y los hábitos transmitidos de generación a generación. La mesa se sirve con el menú preferido: lechón asado, congrí, yuca, ensalada, vino y cerveza que es la comida criolla por excelencia. Los llamados dulces de Navidad se vendieron por años, hasta tanto el país pudo adquirirlos en los mercados internacionales y alcanzó la finanza para las cosas imprescindibles y las vanidades.

 

No es real que se persiguió a los que celebraron estas tradiciones. La vida misma y la misma lucha de los cubanos por crecer y salvarse de los cada día más evidentes y manipulados, encubiertos y sistemáticos ataques imperialistas, la educación laica y el fortalecimiento de una ideología marxista – leninista hicieron, con las noveles poblaciones que crecían a la par de los años revolucionarios, que se desarraigara la tradición, en lo que también influyó el alcance de la economía doméstica y las ofertas comerciales que podía garantizar el Estado, que siempre dejó alguna reserva especial para distribuirla  igualitariamente el 31 de diciembre y esperar el Año Nuevo junto al advenimiento del triunfo de la Revolución, el Primero de Enero.

 

A diferencia de otras naciones, el día no era feriado, pero en la noche la fiesta estaba ahí, tal como lo hacemos cuando llegan los cumpleaños, una graduación o cualquier evento que genere un “fetecún”, como cubanisamos  el término. Con la visita del Papa Juan Pablo II se acordó oficializar como festivo, pero nada cambió en cuanto a las costumbres que ya estaban mantenidas para muchísimos cubanos.

 

Ahora es lo mismo. Mañana quien pueda adquirir su lechoncito o lo crió en el patio o finca, lo pone a la púa o en el horno y en la noche lo lleva a la mesa. Otros asan un pernil, hacen fricasé o un arroz con pollo, lo mismo que un pato o un guanajo. O, sencillamente, dejan los “bichos” para el fin de año y el Primero de Enero. Los cristianos van a sus iglesias a las misas o se reúnen en las llamadas posadas de la Virgen. Algunos salen a los lugares recreativos, abiertos todos los días. Muchos aprovechan y visitan familiares y amigos distantes.

 

En fin, cada quien hace su Navidad según le convenga, pueda y decida. Es un acto de libre voluntad, tal como sucede con el resto de las fechas feriadas en la Isla. O cuando las celebraciones de los Santos, fundamentalmente Santa Bárbara y San Lázaro, que pienso sean los más populares y amados para la mayoría y dueños de los suculentos “bembé” que miro desde pequeña también.

 

Hoy y mañana mi ciudad estará de fiesta, como el resto de Cuba. Una fiesta singular que el cubano individualiza y saca de los estereotipos, fundamentalmente los niños y jóvenes que nacieron también de una generación que rompió y creció sin matices burgueses y buscó su identidad en las propias coordenadas existencialistas, más libre de herencias impuestas o dogmas rígidos que marcaron siempre la diferencia entre la “alcurnia” y la pobreza.

 

Por eso, quizás, perdure esa esencia de libertad de ser que reina en la Isla y que une más allá de los actos formales. Y es que el cubano es así, decidido a vivir solo con aquello que le brota del corazón y defensor a ultranza de lo que cree, ve y le resulta bueno. Y para festejar, compartir y pasarla en familia hay una disposición permanente, cotidiana, que no tiene que esperar –ni espera nunca- un 25 de diciembre.

 

Por eso, esta Navidad cubana tendrá esa policromía criolla que distingue los modos y las mañas nuestras. El trasnochador, botella en mano, seguirá con ella. Los feligreses irán a sus templos a bendecir la llegada de Jesús. Los arbolitos navideños encenderán en unas u otras casas. Los pregones saldrán como todos los días. El trabajador de los centros que no detienen sus actividades, estará ahí…

 

Y las familias, unidas a su usanza, harán sus costumbres, mientras el cielo estará lleno de esas estrellas que salen las 365 rondas de la luna y el sol, que suman 12 meses, que hacen días y noches… y que en medio siglo, con tradición y sin ella, brillan sin ser eclipsadas por las bombas, los cohetes o las nebulosas. Eso es lo que festejan cada vez que pueden los tuneros. Eso es lo que marca la diferencia en Cuba. Y por eso, también, en cualquier casa y cualquier día puede festejarse una Navidad.

 

(En la foto mi querida nieta Sheila, descalsa, como le gusta andar por la casa en sus correderas de unicornios y dinosaurios imaginarios, quiso retratarse junto al arbolito. Eso fue el año pasado. Ahora lo tengo en otra esquina de mi salita)