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Una voz contra los silencios

Por Graciela Guerrero Garay

 

 

Tengo conciencia plena de los caminos del hambre que ya son abismos profundos en este mundo nuestro. Y no por vivir en un país en vías de desarrollo, ubicado entre las naciones del Tercer Mundo, estar a 90 millas del gobierno –Estados Unidos -  que hace 50 años le ha bloqueado cuanto esté a su alcance y paga actualmente a los grupúsculos que, todavía, tratan de mantener a cualquier precio el odio visceral hacia todo lo que venga, salga y tenga que ver con la Isla de Cuba.

 

En mi Patria querida no hay hambre, lo digo responsablemente. Aquí llega con plena garantía, día a día durante medio siglo, el litro de leche para los niños y la llamada bola de pan, como la dieta para los enfermos y el yogurt para chicos y chicas de 7 a 14 años ahora, en los años de Período Especial, pues hasta la década del 90 venía leche condensada y la libreta de abastecimiento tan criticada allá en el norte  traía a la familia desde el módulo de aseo hasta puré de tomate y colchas para la limpieza doméstica.

 

Y puedo ejemplificar con muchos productos, racionados y distribuidos a precios subsidiados que llegaron y llegan sin distingos de clases, profesión o religión. Pero no voy a hablar del hambre que hoy silencia la vida de millones de personas en la tierra, sobre todo a los pequeños y en los que afortunadamente no hay un solo cubano en las estadísticas de la FAO, la UNICEF o cualquier organismo internacional y nacional que se ocupe del asunto. Sin embargo, tanto se ataca a Cuba en estos temas que una siente una necesidad ética de hacer acotaciones expresas.

 

Quiero hablar del hambre de amor, que para mí, es la verdadera hambre que mata y fulmina a esta humanidad de la que somos parte. Creo fielmente que si hubiera suficiente sacos de amor, o bolsitas, o paqueticos, o cápsulas, o… en los mercados del corazón de los hombres no existieran las otras hambres que hoy devienen pandemias, muerte, guerra, dolor y horror por las consecuencias de los actos y decisiones de un grupo de gente egoísta, entronada en su poder e influencias económicas, en su perversidad malsana y el desamor y subestimación de sus congéneres.

 

Esa prepotencia simuladora de dueños del mundo, de creerse una suerte de Dios en la tierra, ese individualismo repudiable que divide, impone y hace de la existencia de otra cifra mucho mayor y significativa de seres humanos una agonía constante desde el mismo momento de su nacimiento, creo que es falta de amor, de solidaridad, de respeto a la vida y sus legítimos derechos.  Es irreverencia al TODO…y todo es amor.

 

 ¿Y qué tiene que ver esto con las redes sociales y los silencios? Sencillo, al menos desde la óptica de mis análisis, que sin ignorar leyes filosóficas  - concebidas también por el hombre, no faltaba más – que influyen y determinan la lucha de contrarios, el bien y el mal, el idealismo y el materialismo, etc., etc., las veo como una ancha carretera de virtud para decir en voz alta, para entregar amor, amén de que suceda en el marco de la distancia virtual. No entre dos, sino con y para todos, por cuanto buscan y defienden una conducta, un estilo de sentir, una realidad que no siempre puede trascender por las maneras convencionales.

 

El caso es que las redes sociales que se gestan gracias al fabuloso alcance de Internet pueden ser, si así se lo propone el hombre, un maremoto de amor fresco que llega a creídos y descreídos, buenos y malos, afines y contrarios,  aún cuando este adelanto de la cibernética no sea herramienta de la mayoría. En la práctica sucede que los que tienen acceso a la información comentan, se intercambian los contenidos, los reproducen y los receptores crecen, a pesar de los riesgos que corre todo mensaje cuando sus trasmisores pueden estar bajo el  efecto  negativo  de los factores objetivos y subjetivos que le entorpecen su eficacia.

 

Hoy abrí la red social Corresponsales del Pueblo, hospedada en http://ruedadeprensa.ning.com y  mantenida viva gracias al esfuerzo cotidiano de personas de muchas profesiones y nacionalidades, unidas por el factor común de llegar a la verdad y entregarla a la gente sencilla, comunitaria, víctimas en mayoría de la manipulación y desinformación de los grandes medios mediáticos. Allí encontré la motivación de estas líneas, que  se acunaban hace tiempo con otras redes no menos amorosas y útiles, Blogueros y  Corresponsales de la Revolución, cubana y gestada por la colega Norelys Morales. O Combate New, que desde Miami difunde la verdad sobre Cuba y América Latina y tiene una gran dosis de amor primario de su editor Pedro Rodríguez.

 

Y el amor es la clave común, la nota de unidad. El permite convergencias ante diferencias de puntos de vistas, ideologías o idiomas. En Corresponsales del Pueblo se difundía un video sobre las inundaciones en Artigas, Uruguay, y se llamaba a la solidaridad de los sindicatos y el pueblo, a donar alimentos para las cientos de familias afectadas. Es hermoso notar estos hechos, tan diametralmente opuestos a las bases militares establecidas por Estados Unidos en Colombia. O la ausencia de esta nación esta misma semana en la reunión de UNASUR, en Quito, que bloquea de hecho un acuerdo sobre la distensión regional.

 

También me vienen a la mente los esfuerzos de mi amigo J. Manuel  Arango, con su red independiente de comunicación alternativa, de la Asociación para el fomento, desarrollo e integración social  ASFODIS, que la llama Clarín de Colombia. O la red Virtin y la del país vasco, en fin, hay tanto buen amor que defiende la esperanza, que al final de todo, enhorabuena, queda esa luz de humanidad encendida por mucha gente anónima, hermosa, sacrificada, real y sobre todo de los demás de los demás,  como reza una canción también hermosa de Alberto Cortés.

 

Por eso no ha de importar si crecen los chat de derecha llenos de jorobas. Si los mismos nos encontramos aquí o allá en alguna red con el mismo artículo. El amor es energía positiva, es paz en medio de tormentas, es bendición entre los ruidos de guerra. Y hay que multiplicarlo, cuidarlo y regarlo, compartirlo, dejarlo como herencia a nuestros hijos para que ellos, valederos en su auténtica semilla, lo dejen a los suyos. La verdad de nuestros pueblos de América es digna, bella, sacrificada y leal. Común en su raíz, eterna en su memoria.

 

Las redes sociales que rompen este silencio de siglos deben enorgullecernos, aún cuando no en todo haya coincidencias ni le veamos importancia. Con el tiempo se aprende que todo es importante. Este amanecer de domingo dos naciones hermanas apuestan su destino. Honduras, Uruguay. Pero América entera y su Caribe azul, con sus islas batallas, no escapan al peligro de las botas del odio y la egolatría humana. Por amor hay que subir la cuesta.

 

No hago consignas. Me solidarizo desde adentro con los que hoy luchan porque esos niños de Artigas que el agua les llevó los juguetes y les llenó los ojos de lágrimas de miedo despierten hoy mismo con una razón para creer en el amor ahora, mañana y siempre.  Creo fielmente que los adultos, todos, somos los responsables.