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Por Graciela Guerrero Garay   Fotomontaje: Chela (Fotos enviadas por Lindolfo de Nuestras Voces Radio)

 

Apenas hace unas horas recibí de un colega latinoamericano un conjunto de fotos que me han revuelto alma y líquido biliar. Le pedí los créditos pues sentí una enorme necesidad de escribir sobre ellas.

 

Son esas cosas que los humanos, con cierto sentido de la humanidad, nos preguntamos ¿por qué…por qué? Quiero escribir con coherencia. Excúsenme si violo o rozo algunos límites. Pero ante las imágenes de ese ejército tan joven, tan viril, tan compacto, tan lleno de vida…no pienso en otra cosa en que esos brazos, esa energía, esa egolatría que muestran todos, es justamente la que necesitan nuestros pueblos de América para trabajar la tierra, construir puentes de hermandad entre las naciones, acabar con la delincuencia, producir riquezas para TODOS.

 

Son monstruos con esas caretas fanfarronas, al estilo de los más terroríficos filmes de ciencia ficción. Absurdo y maquiavélico por demás. Aliens infernales programados para matar la luminosidad de las pupilas de su propia gente, sus coterráneos, desarmados, sencillos, con rostros agotados.

 

Es increíble que este mundo al que llamamos hipócritamente civilizado se de el lujo de formar y adiestrar, “disciplinar”, a tantos hombres jóvenes y fuertes bajo preceptos falsos. ¿Ética? ¿Vergüenza? ¿Solidaridad? ¿Respeto? ¿AMOR a la Patria? ¿En qué se han convertido las fuerzas del orden en Latinoamérica?

 

Doy gracias que la Policía Nacional Revolucionaria en Cuba, mi país, nada tiene que ver con esta falange bochornosa. Me alegro, mientras miro una y otra vez las fotos, de quejarnos de que es demasiado persuasiva ante algunas fechorías sociales que suceden. Aquí son parte del pueblo, aunque no han faltado campañas para desacreditarlos y pintarlos como los hombres lobos de las penitenciarías, En mis 50 años jamás he visto a uno solo con una máscara antigás o un escudo de esos, que me recuerdan las aventuras de los vikingos o las sangrientas batallas de la Grecia antigua.

Tampoco concibo que vuelvan a casa y puedan mirarles el rostro a sus hijos. Pero lo hacen, lo sé. Tengo que aceptarlo. Me gustaría saber la respuesta que emiten si uno de sus chicos o chicas lo acusa de haber dejado huérfano al amiguito de clases. ¡Pero qué le importa a un cínico de estos, a un ente prepotente, que se le acuse de algo, y menos de asesinar a personas humildes, inocentes! Lo que les interesa ya lo sabemos.

 

¿Qué juraron? ¿Servir a su nación? ¿A cuál? A esta Honduras de ahora desangrada, mancillada. Rota en el camino de buscar una constitución que acerque a la mayoría elementales signos de justicia. Con asesinatos, secuestros, muerte, detenida en la creación de sus riquezas, sin husos horarios, sin ritmo de vida, con un hipo de inestabilidad al compás de los días y las noches. ¿Ese fue el juramento de la policía hondureña?

 

Me revuelven las bilis estas fotos. Y no hay una gota de sangre en ellas. Nadie está destripado. Justo por eso me vuelven cuerdas tensas la médula espinal. El horror está ahí, en esa egolatría profunda y sanguinaria que destilan por el iris estos soldados. Por la indiferencia con que mirar a sus hermanos de raza y nacionalidad desde el otro borde la acera. Frente a frente, en la misma calle. Con esa seguridad tan alevosa que les nota desde el casco hasta los chalecos antibalas. ¿Balas de qué? Si las balas y la muerte la traen ustedes, la siembran y la incrustan hace tres negros meses en Honduras.

 

La historia nunca olvida y algún átomo de su propia sangre un día les apuntará con el dedo. Ya ese día no podrán morir. Ustedes están muertos. La resistencia y la virtud de un pueblo los sepultó en el instante mismo en que se convirtieron en esa manada horrible y despreciable de los Goriletti.