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Ese adiós que nunca es cierto

 

Por Graciela Guerrero Garay

 

Estos días han sido tormentosos, pero no serán los únicos. La vida es un ciclo largo y corto, corto y largo, y nos llena de malas y buenas sorpresas cada minuto de sí. Es como un arancel que lleva escondido y lo cobra cuando menos lo esperamos.

 

La muerte física, sí, física, del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque de repente nos llenó de nostalgia. Hay seres que vienen a la tierra con dones especiales y, aunque vivan lejos de la puerta de tu casa, sientes que de algún modo son tus amigos, tus verdaderos compañeros.

 

Es una empatía natural inexplicable, que no la da exactamente una relación social o pública. Eso sucedía  con Juan Almeida. Era un hombre de pueblo y el pueblo lo llora.  Le despidió con respeto y amor este martes 15 de septiembre, en la inmensidad de las principales avenidas de Santiago de Cuba, bautizada como la Cuna de la Revolución.

 

Allí, en la Ciudad Héroe, donde Almeida hiciera su historia de combatiente leal y buen cubano, un compacto cordón humano llenó las aceras desde la Plaza Marte, en el centro santiaguero, hasta el Mausoleo en el Tercer Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, donde se inhumaron sus restos.

 

Pero no fue Santiago quien lo acompañó hasta su última morada. Todos los cubanos  siguieron el triste momento por los canales nacionales de la Televisión. Dentro de la tristeza, es algo hermoso, porque es espontáneo y sincero, necesario para el ánimo y el alma en estos momentos donde no cuentan los deseos ni la voluntad.

 

Almeida partió para quedarse, pero partió.  NO es un símil ni una metáfora. Es su dimensión humana y revolucionaria las que lo hacen sobrevivir más allá de la muerte. Son esos detalles que engrandecen a los hombres y los inmortalizan. Su despedida no ha sido formal. Se siente en el corazón lo que ya es ausencia de un gran compañero.

 

La vida es así, un soplo de luz, que nunca sabemos exactamente cuando se apagará. Pero que podemos vitalizarlo en presente con el poder de la virtud. Y Juan Almeida Bosque supo hacerlo. A veces creo que los verdaderamente buenos no debieran morir, para hacer muros de contención a la gente mala. Y hombres como él le hacen falta, mucha, al mundo que vivimos.

 

Y me alegro doble que fuera cubano, latinoamericano, internacionalista… porque ahora mismo, con toda esa imagen grandilocuente de un pueblo entero, esperando su paso en la caravana fúnebre, kilómetros y kilómetros por todo Santiago, por todas las casas de toda la Isla, siento una vez más lo infinita que es la vida cuando un ser humano no se jacta, se entrega… cuando por alto que esté y mucho poder que tenga, mantiene la sonrisa, la misma sonrisa, que cuentan quienes le conocieron desde siempre, estrenaba al componer sus canciones o limpiar el fusil, o colocar un ladrillo, o saludar a un amigo.

Este martes de septiembre no fue triste, a pesar de las lágrimas. NO fue triste, murió un hombre – no debía --, pero nació para siempre otra piedra angular de la lucha más simple y más compleja… el paradigma eterno de los buenos ejemplos. Y eso, en el ciclo corto y largo que es la vida, para mí es lo más importante.