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Por Graciela Guerrero Garay   Fotomontaje: Chela

Cueybá, Victoria de Las Tunas, Las Tunas…son los nombres que marcan la historia de mi ciudad.  No es tan grande como Santiago de Cuba o La Habana, pero jamás tan pequeña como para perderse en la geografía del archipiélago cubano.

 

Tampoco es de esas ciudades deslumbrantes, donde el brillo de las luminarias a veces te marea o te embruja. Todo depende. Pero es uno de los lugares de Cuba que ilustran muy objetivamente el beneficio social que trajo a la Isla el triunfo revolucionario.

 

Eso no quiere decir que los tuneros estemos conformes con nuestro desarrollo ni neguemos que hoy, amén de todos los avances, podríamos estar mejor.  Mucho más pudiéramos tener en conceptos de urbanidad, sociedad, prosperidad y rendimientos económicos.

 

Las causas son complejas y diversas, objetivas y subjetivas, según creo;  mas mi intensión no es analizarlas ni ando con ellas en mi pluma. Quiero detenerme en lo que resalta a la vista del tiempo. La transformación gradual y elegante de su entorno.

 

Hoy la ciudad de Las Tunas es otra por los cuatro puntos cardinales.  Ya no existe ese marabú espinoso y horrible que, cuando yo nací,  cubría las áreas periféricas y los barrios. Tampoco aquellas calles de tierra que se volvían un lodazal al primer aguacero de mayo.

 

Hay muchas calles sin pavimentar todavía, sobre todo en las zonas distantes de su centro urbano, que aún todos llamamos “pueblo”. Eso demuestra que desde prácticamente su fundación, el casco histórico era lo único lógico y digno de llamarse “pueblo”. Tan arraigada está la costumbre, que medio siglo después del despegue social, gradual pero definitivo,  le seguimos diciendo a los que nacen “vamos al pueblo”. Y nuestros hijos y nietos lo repiten con la misma superficialidad que lo inculcamos.

 

Pero ese “pueblo” tampoco es el mismo. Tiene tantas obras nuevas, está tan modernizado, regala una imagen tan renovadora, que quien no lo visita en años, le aseguro creerá está en otra parte o no cerrará la boca del asombro.

 

En el fotomontaje intento dar esa visión objetiva del desarrollo urbanístico y cultural que viste de novia a la ciudad de Las Tunas, sobre todo desde los últimos tres años. Hay un Bulevar que le abrió para siempre un jardín, sin haber flores en la pincelada verde de las plantas ornamentales, a la calle Francisco Vega, entre la avenida principal Vicente García y la Lucas Ortiz.

 

Y como todo paseo citadino, encuentras comercios, cafeterías, servicios, centros culturales, multifuncionales como el Tele punto de ETECSA (Telefonía), relojería, fotografía, entre otros. Todos remodelados al igual que las viviendas ubicadas en esa manzana.

 

La cremería Tres Copas, otro viejo anhelo de los tuneros, justo en la esquina, da un toque de actualidad tremendo, más cuando allí por años existió la heladería Yumurí que dejaba mucho de desear en todos los sentidos.

 

En fin, los tuneros tenemos razones para estar contentos y amar nuestra ciudad. Ya no pueden llamarla aldea así no más y, menos, la Cenicienta de Oriente como le bautizaron en los años 70.

 

 

Cada día sus encantos urbanísticos obligan al transeúnte a detenerse. Se ha transformado a una velocidad  vertiginosa justamente en los años en los que la economía cubana ha estado siempre con la espada de Damocles en sus alforjas.

 

 

Es un esfuerzo que hay que agradecer a los gobiernos local y provincial y, sobre todo, a la máxima dirección del país que, haciendo malabares, entregó presupuestos especiales para realizar los proyectos constructivos.

 

Todavía le falta mucha luz a la ciudad. Y no hablo exactamente de luminarias amarillas o blancas, tradicionales o de Neón. Hablo de más funcionabilidad, servicios públicos, bancarios, culturales. Muchas encomiendas hay que ir a realizarlas a las vecinas provincias de Holguín y Camagüey.

 

Mas, con todas las justas demandas que pudieran hacerse, con las imperfecciones arquitectónicas o constructivas que existen, con miles de insatisfacciones que se tengan, Las Tunas es otra.

 

Quizás, más que todo y por encima de las manchas que la oscurezcan, andarla ahora, un día cualquiera del año 2009, es sentir que vivimos en una sociedad mejor, que disfrutamos, contamos y creamos mucho más que dos décadas atrás. Y, por qué no, que ya los tuneros no somos aquellos campesinos, guajiros como casi siempre despectivamente nos decían, cogidos a lazos en una aldea donde el marabú campeaba por sus respeto y chocar la mirada con algo agradable parecía asunto de novelas románticas o de ciencia ficción.

 

Antes de enjuiciarla con esos bifocales inconformes y muy mal intencionados que abundan aquí y en tantas partes de este mundo, creo que es más inteligente y cívico, ético y justo, detenerse en aquella reflexión de Aristóteles, escrita en el año 360 A.C en su “Revolución del alma”, donde  alertaba con sabiduría: CRITICA MENOS Y TRABAJA MÁS, Y NO OLVIDES NUNCA AGRADECER.

 

Porque sin espejismo de ningún tipo, si hay un cubano que tiene que agradecer es el tunero. Ya me darán la razón cuando la visiten, sobre todo quienes hace tiempo no le dejan la cómplice huella de sus sueños y desvelos entre los infinitos hilos de su cuerpo.