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La vergüenza de un ídolo

Por Graciela Guerrero Garay

El Presidente Constitucional de Honduras  José Manuel Zelaya Rosales no es un santo, pero ha demostrado más estar cerca de Dios y conocer sus 10 Mandamientos que el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez, quien se da uñas con los golpistas que rompieron la paz y el cáliz de los derechos humanos en este país desde hace casi un mes.

No se debía – podía – esperar que la camarilla dictatorial encabezada por Roberto Micheletti hiciera otra cosa que toques de queda, represión, disparos, cordones de retenes militares, amenazas…  y que detrás de todo eso empezarán a dibujarse por las calles de Tegucigalpa mapas de sangre, rostros de muerte, gritos terroríficos.

Nunca una derecha y los oligarcas han enseñado que saben otra cosa. La carroña pare carroña y, si muta, siempre es peor, más horrenda, más tirana, más ilegal, más poderosa y más enemiga de los pueblos, aún a sabiendas que ese sudor humilde, compacto, masivo, es del que dependen. El poder los ciega tanto y el ego se les sube a tal manera que los matan y declaran enemigos eternos, irreconciliables.

Pero el ídolo del pueblo hondureño tiene vergüenza. Y, amén de que muchos no ven con buenos ojos su dialéctica de seguir clamando por la paz y el restablecimiento del orden desde la esquina blanca de los legítimos derechos a la democracia, no se puede negar que le ha respondido a su pueblo. Y jamás será culpable de los muertos de Roberto Micheletti. Porque Micheletti ya es un asesino. No solo de hombres cumplidos, sino de jóvenes en pleno esplendor de vida para crear el futuro de su tierra.

Cuando ayer el mundo guardó en su retina la imagen de Zelaya levantando la cadena que sirve de línea fronteriza entre Honduras y Nicaragua, en un punto llamado Las Manos, del oriental departamento de El Paraíso, más que hondureños era la humanidad quien abogaba por la entrega del poder al legítimo mandatario. Y la gente, los pueblos, la verdad, el decoro, la justicia y derecho no se alzan sin razones. También lo sabemos.

Esta resistencia heroica y enorgullecedora de los hermanos hondureños frente al golpe de Estado en Honduras es una lección de amor, esperanza, nacionalidad, solidaridad, patriotismo y autenticidad histórica que está recibiendo América, primero, y el mundo después. Nosotros, los que apoyamos a Zelaya y la lucha por la legitimidad de los derechos de los pobres, siempre más cada minuto, decimos que somos quienes nos solidarizamos.

No, yo creo que estamos equivocados. Son ellos, esos miles de mujeres, hombres, jóvenes, niños… esas cadenas de pueblo con rostros diversos y un solo corazón que no duermen, quizás ni coman, no se bañan, dejan la piel y la voz en llanos y montañas, ampollan sus pies, mutilan sus familias, lloran sus muertos… esos hondureños que hoy exigen lo que les pertenece y quieren reconstruir una vida más digna, más próspera, más plena y más de todos, son quienes se solidarizan con nosotros.

Ellos están gritando por América. Y América somos nosotros. Ellos están muriendo por lo que se ha conquistado ya en Cuba, en Venezuela, en Bolivia. Ellos están defendiendo las nuevas ideas que sacuden el continente. Ellos apuestan hace casi un mes por esta hornada de líderes que enhorabuena se lo juegan todo para mitigar la pobreza y las desigualdades milenarias de sus naciones.

No juren por Dios asesinos confesos. Sálvense Micheletti y el Cardenal Rodríguez, esos militares confabulados y traidores, los amigos del Norte, los vendidos de siempre, del castigo del Padre. Zelaya volverá. Este sábado y domingo crecen las tensiones. Desgraciadamente puede haber más sangre, más dolor, más espera. Este fin de semana volverán a moverse las bombas contra los humildes, se enfilarán las mirillas de las escopetas, se apretarán gatillos. Pero no morirá la esperanza y la certeza.

José Manuel Zelaya Rosales es el Presidente Constitucional de Honduras y regresará, como ahora mismo regresan al verano las ansiadas golondrinas. Piedra sobre piedra, el ídolo hondureño tiene vergüenza. Y aunque haya que soportar, una vez más, dos o tres orugas para ver las mariposas, las veremos. No es un santo, pero Dios sabe que no le jura en vano.