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Por Graciela Guerrero Garay

No busco ahora la palabra exacta. Existe y eres tú, mamá. Haciendo magia desde el primer grito que salió de tu vientre.  No importa si llegas a las seis, las diez o la medianoche de una intensa jornada o un largo viaje. Tu ternura está ahí, invicta, dispuesta a multiplicarse sin cansancios quejosos, en cuantos menesteres sean necesarios.

Tu amor es quien pone las reglas y no cuenta si eres campesina, obrera, profesional o estudiante. Tampoco tu edad impide desvelarte y sortear la más alta de las montañas cotidianas. Eres madre y lo vital son tus hijos, aunque el tiempo apenas te alcance para descansar de prisa entre el reloj y la almohada.

Siempre es así, irrepetible, sin sombras ni lamentos. Nada ni nadie te aparta de las esencias del cariño y la pureza. Sabes del perdón que aligera malacrianzas, ofensas, desvaríos, entuertos y hasta malos caminos. Tus manos tejen la caricia dulce, sanadora, aún cuando la piel o los cabellos de tus vástagos estén llenos de polvo o aspereza por tantos remolinos.

Es difícil encarcelar  entre verbos y oraciones cada gesto maternal que hace vida, luz y fuerza al compás de tus pasos. No hacen falta adjetivos ni parodias. Tú, Mamá, eres tan extraordinariamente única que basta llamarte por tu nombre, extenderte los brazos y encontrar tu mirada para saber que en ti palpita la divina sabia del universo humano.

Quieres sin condiciones, al margen de las que puedan ponerte para querer lo tuyo. Trabajas ilimitadamente por tus seres queridos, el hogar, la familia. Mueres y naces con cada alegría y cada tristeza. Te haces callos en las manos y los pies de andar tras las huellas de los frutos de tu vientre. Cantas, lloras, levantas, sostienes, alimentas, acunas, buscas y encuentras el consejo exacto, la advertencia prudente, el empujón preciso y detienes la posible caída, el golpe fatal.

No importa si llegas a las seis, las diez o la medianoche. Si la jornada es agotadoramente trágica o común, si estás cerca o lejos. Eres Madre, el don que engendra por sí misma la eterna virtud del amor y sus posibles maravillas. Hoy, en tu día, te agradecemos tanto y todo aunque jamás podamos compensarte el hechizo de ser tan compleja y tan simple porque cabes, de pronto, en un beso, un te quiero y un por siempre, mamá.